El siglo XXI se decide en una mina, no en un campo de batalla. Por Dr.

Cuando Donald Trump y Xi Jinping se estrecharon la mano en Busan el pasado noviembre, los titulares hablaron de «tregua».

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Cuando Donald Trump y Xi Jinping se estrecharon la mano en Busan el pasado noviembre, los titulares hablaron de «tregua». Hablaron mal.

Lo que firmaron los dos hombres más poderosos del planeta no fue una paz: fue una pausa táctica de doce meses en una guerra que apenas comienza, y cuyo verdadero campo de batalla no son los aranceles, sino algo mucho más profundo y menos visible: las cadenas de suministro que sostendrán el siglo XXI. Conviene mirar los números antes que los discursos.

China refina hoy alrededor del 90% de las tierras raras del mundo, fabrica el 94% de los imanes permanentes que mueven los autos eléctricos, las turbinas eólicas y los misiles guiados, y produce más del 80% de las baterías de litio del planeta. Estados Unidos, por su parte, opera más de cuatro mil centros de datos contra apenas cuatrocientos chinos, diseña los chips más avanzados del mundo a través de Nvidia y AMD, y mantiene una red de unas setecientas cincuenta bases militares en el extranjero respaldada por más de cincuenta aliados formales.

Pekín domina la base de la pirámide industrial; Washington, su cima tecnológica. Esa es la verdadera fotografía del conflicto.

Durante años se nos vendió la idea de que la globalización era irreversible y que la interdependencia económica haría imposible una nueva Guerra Fría. La primavera de 2025 demostró lo contrario.

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