Este fin de semana, cientos de estudiantes de la Universidad Tecnológica Sharif, en Teherán, salieron al campus y se enfrentaron con partidarios del régimen, en lo que se interpreta como un intento por reavivar las movilizaciones estudiantiles que sacudieron Irán hace poco más de un mes.

Las manifestaciones universitarias, verificadas en vídeos por medios internacionales y por miembros de la diáspora iraní, tuvieron lugar también en la politécnica Khajeh Nasir Toosi y en la Universidad de Artes de Teherán, un complejo con al menos siete facultades. Los jóvenes corearon consignas como "Mujer, Vida, Libertad" y gritos contra Sayed Alí Jamenei, el líder supremo de Irán, y en algunos campus hubo choques entre opositores y partidarios del régimen.

El contexto es de notable tensión: según HRANA, la sigla en inglés de Human Rights Activists News Agency, ONG iraní de derechos humanos, las fuerzas de seguridad respondieron meses atrás con una represión que, según esa organización, dejó al menos 7.000 muertos. Tras esa oleada, un muro de miedo pareció frenar las protestas, pero ahora se observan pequeñas brechas cuando los estudiantes regresan a las aulas.

Esa fragilidad del poder iraní se combina con un aumento de la presión exterior. Estados Unidos ha incrementado su presencia militar en Oriente Próximo, en lo que autoridades y analistas describen como el mayor despliegue desde la invasión de Irak en 2003, y ha elevado su presión diplomática sobre Teherán. Para el gobierno iraní esto añade un factor de riesgo geopolítico que puede endurecer su respuesta interna y justificar medidas de control más severas.

Hay varias perspectivas en juego. Para muchos estudiantes y activistas la vuelta a los campus es una oportunidad para reeditar la movilización civil y poner en evidencia la legitimidad del régimen. Para las autoridades iraníes y sus partidarios, estas protestas representan una amenaza a la estabilidad y una potencial puerta de entrada a una mayor intervención internacional. Organizaciones de derechos humanos y miembros de la diáspora han verificado y difundido material gráfico, pero las autoridades iraníes restringen el acceso de corresponsales y de observadores independientes, por lo que algunos detalles siguen siendo difíciles de confirmar.

Para Chile y América Latina esta dinámica importa en varios niveles. Primero, porque cualquier escalada en Irán puede influir en los precios internacionales del petróleo y en la volatilidad de los mercados, algo que termina afectando la economía global y los costos de importación para economías abiertas como la chilena. Segundo, porque la crisis iraní alimenta la competencia entre potencias, reforzando tendencias de multipolaridad y obligando a gobiernos latinoamericanos a recalibrar sus posturas diplomáticas frente a sanciones y coaliciones. Tercero, la visibilidad de las protestas universitarias sirve como espejo para movimientos sociales en la región y mantiene en agenda el debate sobre derechos humanos y libertad de expresión.

En las próximas semanas habrá que seguir tres frentes: la capacidad de los estudiantes para sostener nuevas manifestaciones en los campus, la respuesta de las fuerzas de seguridad iraníes a cualquier agitación y la evolución de la presión internacional, en particular de Estados Unidos. La combinación de una oposición estudiantil activa y una mayor intervención externa compone un panorama donde las decisiones de Teherán y de potencias extranjeras pueden definir si la situación se normaliza, se enquista o escala con consecuencias regionales y globales.