El guionista y escritor chileno Julio Rojas presentó en el programa Esta Boca es Mía, conducido por Montserrat Martorell en El Periodista TV, su nueva novela El problema del fin del mundo, publicada por Random House. En la conversación abordó el avance de la tecnología, la fragilidad del orden global y la pregunta sobre si la civilización está cerca de un punto de quiebre.
Rojas, conocido internacionalmente por la audioserie Caso 63, que según él superó los 200 millones de reproducciones, explicó que la novela nace de una inquietud concreta: la proliferación de búnkeres construidos por millonarios tecnológicos ante posibles colapsos. “Me pregunté si eso es un acto de fe o un acto de cobardía. ¿Cerrar la puerta por fuera de la civilización y esconderse?”, dijo.
La obra está estructurada en tres relatos interconectados: una pareja en Madrid frente a una revelación devastadora, una epidemióloga chilena en África contra un virus letal, y un escritor que persigue la pista de una analista de datos que se refugia en la Patagonia. Esa geografía que va de Europa al sur de Chile vuelve global lo local, y sitúa a la Patagonia como paisaje posible de huida y de interrogantes éticos.
En el diálogo Rojas defendió la ciencia ficción como herramienta de interpretación del presente. “La ciencia ficción irrumpió en la realidad. Hoy comprenderla es una forma de realismo”, afirmó. Esa idea conecta con la reciente vuelta al debate cultural sobre tecnología y pantallas, visible incluso en estrenos como Toy Story 5, que problematizan cómo la vida cotidiana se reorganiza alrededor de dispositivos y algoritmos.
Sobre inteligencia artificial, Rojas advirtió que el debate dejó de ser puramente teórico. Habló de la singularidad tecnológica, la posibilidad de que una inteligencia supere ampliamente la humana, y planteó inquietudes sobre cómo afectaría eso a la política, la economía y la vida cotidiana. En la entrevista mencionó además que vivimos “un momento histórico complejo” y que, en sus palabras, “estamos en un borde civilizatorio”. La transcripción disponible quedó incompleta respecto de su reflexión final sobre la moralidad de la tecnología.
La novela suma a la conversación cultural chilena una ficción preocupada por la desigualdad de recursos frente al colapso y por la responsabilidad ética de las élites tecnológicas. En ese sentido, dialoga con una tradición latinoamericana reciente que usa lo especulativo para leer el presente, junto a autores como Samanta Schweblin, y plantea preguntas urgentes para la escena literaria y audiovisual local: cómo representar el temor colectivo, y cómo la ficción puede anticipar y nombrar las fracturas políticas y sociales que ya se evidencian.
