La LXV edición del Festival de Viña del Mar abrió la noche en la Quinta Vergara a las 21:40 horas con una obertura que puso la latinidad en primer plano, a cargo de los chilenos Nico Ruiz, Cami y Princesa Alba. El montaje, según la producción, mezcló la historia del certamen con un homenaje a la identidad continental que retoma el impulso público tras el show de medio tiempo de Bad Bunny, el cantante puertorriqueño que en el Super Bowl pronunció «Together we are America».

Los primeros minutos estuvieron impregnados de nostalgia. El espectáculo comenzó con El tiempo en las bastillas, composición de Fernando Ubiergo interpretada por Nico Ruiz, que la producción presentó como uno de los emblemas del cancionero nacional y de la historia del Festival. Ese arranque funcionó como puente hacia una reivindicación explícita de la fraternidad latinoamericana.

A continuación sonó Si somos americanos, pieza que la obertura puso en el centro de su narrativa sobre pertenencia regional. Cami, nombre artístico de Camila Gallardo, cantante y compositora chilena, fue la encargada de esa interpretación que, según la puesta, buscó resonar con la reciente conversación cultural sobre la unidad del continente. Es preciso consignar que en las fuentes del espectáculo la autoría aparece atribuida de maneras distintas; algunas referencias la asocian a Rolando Alarcón, cantautor chileno, y otras la vinculan a Sergio Ortega, compositor chileno, por lo que las atribuciones varían según el repertorio consultado.

El bloque final de la obertura rindió tributo a la invitada internacional de la noche, Gloria Estefan, con Princesa Alba, rapera y cantante chilena, interpretando Conga, éxito global de Miami Sound Machine, la banda con la que Estefan saltó a la fama. La versión incorporó elementos del pop actual y una perfomance de baile protagonizada por la animadora Karen Doggenweiler, presentadora de televisión chilena, como gesto festivo para encender la velada.

Más allá del repertorio, la obertura funciona como declaración de tono para este Festival: un gesto que mezcla memoria y actualidad, lo local con lo latino, para posicionar a Viña no solo como anfiteatro de éxitos, sino como escenario donde se discuten identidades culturales. En un momento en que artistas de la región ocupan espacios globales, la apertura de la Quinta Vergara planteó que la reivindicación de la latinidad es también un terreno de la agenda musical chilena y de la industria local, que busca dialogar con audiencias más amplias.

La noche avanzó con ese pulso puesto en la continentalidad y en la convivencia entre legado y pop contemporáneo, y la obertura dejó claro que la LXV edición pretende ser, al menos en su inicio, una celebración de la pertenencia latinoamericana y una invitación a escuchar el festival desde esa óptica.