Este domingo, el presidente Gabriel Boric, presidente de Chile, arribó al Archipiélago Juan Fernández, Región de Valparaíso, para encabezar la ceremonia nacional de inicio del Año Escolar 2026 en el Colegio Insular Robinson Crusoe.

La travesía hasta San Juan Bautista demandó 36 horas a bordo del buque Aquiles de la Armada de Chile, una logística que recuerda la condición insular del archipiélago y la fragilidad de su conectividad. El mandatario llegó acompañado por el ministro de Educación, Nicolás Cataldo, y una delegación parlamentaria; en tierra fue recibido por el alcalde Pablo Manríquez y el grupo musical local Dresden, que aportó la nota comunitaria a la jornada.

El foco público está puesto en el establecimiento: el Colegio Insular Robinson Crusoe funciona desde el tsunami de 2010 en containers provisorios. Para levantar una infraestructura definitiva hay una inversión comprometida de 600.000 UF, la Unidad de Fomento (UF) es la unidad de cuenta indexada que se utiliza en Chile para proyectos y contratos. La primera piedra del nuevo colegio se instaló en diciembre pasado, y la visita presidencial busca dar visibilidad a ese proceso de reconstrucción y a las promesas de políticas públicas en territorios aislados.

La ceremonia no llega en vacío político. En las últimas semanas la aprobación del Presidente se ubicó en 37% según la encuesta Cadem, y el gobierno enfrenta cuestionamientos por proyectos de infraestructura, entre ellos la fase inicial del proyecto de cable submarino con la empresa China Mobile, que ha provocado debate público y requerimientos de aclaración por parte de sectores de la oposición. Al mismo tiempo, el Ejecutivo ha impulsado actos de inauguración y primeras piedras, como la del Hospital de Licantén, para mostrar avance en obras y reconstrucción.

Para la comunidad insular, la llegada del Presidente representa algo más que una agenda formal: es el momento en que el Estado vuelve la vista a un territorio acostumbrado a la autoorganización, a músicos locales como Dresden que mantienen la vida cultural, y a escuelas que han soportado años de provisionalidad. Queda por ver ahora el ritmo de ejecución de la obra comprometida y cómo se resolverán los desafíos logísticos que implican transportar materiales y docentes a una isla que depende de la mar para su vida diaria.