El 76º Festival de Cine de Berlín llegó a su fin este sábado después de diez días en los que la programación y la discusión pública se entrelazaron de forma tensa, y donde la controversia sobre el papel de la política en el cine terminó por ensombrecer las 22 películas en competencia.
La chispa fue una respuesta del presidente del jurado, Wim Wenders, cineasta alemán de 80 años, a una pregunta sobre el apoyo del gobierno alemán a Israel. En la rueda de prensa Wenders dijo que “realmente no podemos entrar en el terreno de la política”, y a renglón seguido había afirmado que las películas pueden “cambiar el mundo” pero de otro modo que la política partidista. Esos matices no alcanzaron a calmar la indignación que surgió casi de inmediato.
La novelista india Arundhati Roy, quien estaba invitada para presentar una versión restaurada de una película de 1989 cuya escritura firmó, anunció su retiro del evento, calificando las palabras de Wenders como “inconcebibles” y “sorprendentes”. A esa reacción se sumó una carta firmada por decenas de figuras de la industria, organizada por el colectivo Film Workers for Palestine, que acusó a la Berlinale de un “silencio sobre el genocidio de los palestinos” y de participar en la “censura de artistas que se oponen” a esa situación. Entre los firmantes aparecen nombres como Javier Bardem, actor español; Tilda Swinton, actriz británica; y Adam McKay, director estadounidense.
Frente a esas acusaciones, la directora de la Berlinale, Tricia Tuttle, responsable de la dirección ejecutiva del festival, rechazó con firmeza lo que consideró afirmaciones inexactas y calificó parte de la carta como “desinformación”. Tuttle pidió “cabezas frías en tiempos calientes” y advirtió que la controversia estaba desplazando la conversación sobre las películas, que es, dijo, el núcleo del evento.
En el plano artístico, la competencia ofreció películas que buscaron hablar del presente desde sus estéticas. Entre las candidatas destacó We Are All Strangers, del realizador singapurense Anthony Chen, un drama familiar que utiliza el humor y la ironía para retratar las desigualdades que se esconden tras los rascacielos de la ciudad-estado. La actriz alemana Sandra Hüller, conocida internacionalmente por su trabajo en La zona de interés y Anatomía de una caída, fue ovacionada por su interpretación en la película que la trae a la Berlinale.
Desde América Latina la presencia fue notable y parcial del debate afectó también a cineastas de la región. La directora chilena Maite Alberdi estrenó en la Berlinale Un hijo propio, un documental híbrido que mezcla ficción y testimonios para relatar el caso de una mujer mexicana que finge un embarazo. Para el cine latinoamericano, que tiene una larga tradición de entrelazar memoria, política y forma —pienso en nombres como Patricio Guzmán en Chile o en la oleada documental de la región—, la discusión en Berlín reaviva preguntas sobre si y cómo las salas internacionales deben posicionarse ante conflictos geopolíticos.
La tensión entre quienes piden un pronunciamiento claro de los festivales y quienes defienden una separación entre arte e institucionalidad plantea un dilema práctico: ¿debe un festival internacional ser un espacio exclusivamente estético o también una plataforma de denuncias y solidaridades? En Berlín esa pregunta tomó cuerpo en la forma de retiradas, cartas públicas y explicaciones oficiales, y dejó al cierre una sensación ambivalente.
El resultado inmediato es que, pese a la calidad de varias propuestas en pantalla, la narrativa pública del festival pasó por la controversia política. A futuro, el episodio probablemente obligará a la Berlinale y a otras plataformas internacionales a repensar protocolos, diálogos y la relación entre programación, patrocinio y posicionamiento ético, mientras cineastas latinoamericanos y chilenos observan cómo esa discusión puede marcar la circulación de sus obras en circuitos globales.
