La Berlinale, el Festival Internacional de Cine de Berlín, reavivó esta semana un debate antiguo cuando Wim Wenders, director alemán y presidente del jurado, afirmó que "el cine debe mantenerse al margen de la política" en la rueda de prensa inaugural. La frase provocó la cancelación de la visita de la escritora y activista india Arundhati Roy, y el envío de una carta abierta firmada por más de 80 miembros de la industria, entre ellos el actor español Javier Bardem y la actriz británica Tilda Swinton, que criticó la postura del festival.
La dirección del certamen, encabezada por Tricia Tuttle, defendió a Wenders con el argumento de que nadie puede ser obligado a opinar, lo que amplificó la polémica. El conflicto no puede desligarse del contexto: varios críticos y firmantes han señalado la aparente reticencia de la Berlinale a pronunciarse sobre la violencia en Gaza, una omisión que contrastaría con las ocasiones en que el festival sí ha tomado decisiones explícitas de corte político, como la prohibición de entrada a diputados de extrema derecha en la inauguración del año pasado.
La tensión revela una contradicción histórica. En 2023 el presidente ucraniano Volodímir Zelenskiy envió un video al festival, citando El cielo sobre Berlín, de Wenders, para subrayar que el cine puede inspirar cambios. Charlie XCX, la cantante británica, recordó en esta edición que la Berlinale ha estado tradicionalmente atenta a los hechos mundiales, salvo en lo relativo a Palestina, según denunciaron varios asistentes.
Voces encontradas marcaron la cobertura. Arundhati Roy canceló su participación en protesta. Más de 80 profesionales firmaron la carta abierta cuestionando la doble vara del festival. Ethan Hawke, actor estadounidense, evitó comentar en primera instancia la misiva, aunque luego afirmó que los artistas pueden y deben tener compromiso político, una observación que subraya la división entre el derecho a no opinar y la responsabilidad pública de figuras culturales.
Para la escena latinoamericana y chilena, la polémica tiene ecos familiares. Nuestro cine reclama habitualmente un lugar en la memoria y la opinión pública, desde los documentales de Patricio Guzmán hasta las ficciones de Pablo Larraín, que no rehúyen lo político. La discusión de Berlín deja en evidencia que los festivales europeos no son espacios neutros, y que su conducta institucional puede condicionar la visibilidad de causas y voces.
El episodio plantea preguntas concretas para organizadores y creadores: ¿dónde están los límites entre libertad individual y responsabilidad colectiva? ¿Debe un festival que históricamente se declara comprometido con los asuntos globales aplicarlo de manera coherente? Y, para los cineastas chilenos, ¿cómo negocian internacionalización y compromiso con realidades locales y regionales? La controversia de la Berlinale no es solo una polémica entre celebridades, es una discusión sobre la función pública del arte en tiempos de crisis.
