Los embalses de España contienen ahora el 82,5% de su capacidad, unos 46.229 hectómetros cúbicos, el nivel más alto para estas fechas desde que hay registros en 1988, según los datos oficiales del Ministerio para la Transición Ecológica (Miteco) correspondientes a la séptima semana del año.
El repunte en febrero fue rápido: en torno a 15.000 hectómetros cúbicos más desde mediados de enero, y el propio Gobierno español informó de un récord de acumulación de 5.600 hectómetros cúbicos entre el 2 y el 9 de febrero, según declaraciones de la vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica, Sara Aagesen. Un hectómetro cúbico, abreviado hm3, equivale a un millón de metros cúbicos, o mil millones de litros.
¿Por qué subieron tanto los embalses? Las sucesivas borrascas y precipitaciones intensas, junto con la recuperación de la nieve en las cumbres, han elevado el aporte a ríos y presas. El incremento, sin embargo, no fue uniforme: grandes cuencas como Guadalquivir, Tajo, Ebro y Duero superan el 80% de su capacidad, e incluso la del Guadiana ronda el 90%. Las cuencas internas del País Vasco y de Cataluña están por encima del 90%. En contraste, el sureste peninsular sigue con déficit, y ciertas cuencas del sur mantienen niveles notablemente más bajos, según el Miteco.
Desde el punto de vista climático, episodios como este reflejan la alta variabilidad de la región mediterránea. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, IPCC por sus siglas en inglés, ha señalado que el cambio climático tiende a aumentar la irregularidad de las precipitaciones, con años muy húmedos y otros muy secos, lo que dificulta confiar solo en la ocurrencia de episodios anómalos para resolver déficits estructurales.
¿Qué implica esto para las personas y los usos del agua? En lo inmediato, mayores reservas alivian restricciones para riego, abastecimiento urbano e industria en las zonas favorecidas. Pero la recuperación parcial no borra impactos acumulados de años secos, ni garantiza disponibilidad homogénea: comunidades del sureste y usuarios dependientes de acuíferos pueden seguir sintiendo escasez.
Lecciones para Chile. España muestra que periodos húmedos pueden recuperar rápidamente almacenamiento superficial, pero la distribución espacial importa. Chile, que ha enfrentado una sequía prolongada en varias zonas de la zona central y sur desde la última década, debe considerar estos puntos. La Dirección General de Aguas (DGA) del Ministerio de Obras Públicas es la institución chilena encargada de la gestión de recursos hídricos y ha documentado la necesidad de medidas integradas para hacer frente a la variabilidad climática.
Las prácticas que destacan a nivel internacional y que podrían reforzarse en Chile incluyen la gestión integrada de cuencas, combinar almacenamiento superficial con recarga gestionada de acuíferos, mejorar el monitoreo de nieve y caudales, y políticas de demanda como eficiencia y reutilización. Organismos como la UNESCO han promovido la recarga artificial de acuíferos como una herramienta para aumentar la resiliencia hidrológica, siempre evaluando efectos locales y gobernanza.
Perspectiva: el episodio español es una buena noticia puntual, pero no sustituye políticas de largo plazo. Para Chile, la comparación es un recordatorio: los picos de precipitación ayudan, pero la adaptación real exige inversión en infraestructura, mejor coordinación entre cuencas, protección de acuíferos y medidas de gestión de la demanda, todo en el marco de una planificación que considere la mayor variabilidad climática prevista por el IPCC.
