En la rueda de prensa anual celebrada en Pekín durante la sesión de la Asamblea Nacional Popular (ANP, el Legislativo de China), el ministro de Relaciones Exteriores chino, Wang Yi, pidió este domingo que “terceras partes” no interfieran en las relaciones entre China y los países de Latinoamérica. Wang expresó que los países latinoamericanos deben elegir “su propio camino” y defendió que la cooperación con la región se basa en la asistencia y el apoyo mutuos entre naciones del Sur Global.
Las declaraciones llegan en un contexto de creciente competencia entre Pekín y Washington por la influencia en la región. El gobierno de Estados Unidos, bajo la presidencia de Donald Trump, celebró recientemente una cumbre en Miami con líderes de derecha de la región con el objetivo, según la Casa Blanca, de consolidar el liderazgo estadounidense en Latinoamérica y contrarrestar la influencia china. En paralelo, el comunicado oficial chino criticó acciones que atribuye a Washington, como presiones sobre el Canal de Panamá para desvincularse de empresas de Hong Kong y sanciones impuestas a tres funcionarios chilenos por la posible construcción de un cable de fibra óptica con China.
Wang defendió además que China "nunca participa en cálculos geopolíticos ni interfiere en los asuntos internos de otros países" y que su país no pide a nadie que tome partido. En su intervención subrayó su confianza en el futuro de las relaciones con la región, y enfatizó que la cooperación entre China y América Latina no se dirige contra terceros. "El rápido desarrollo de las relaciones entre China y América Latina es clave para el constante respeto de China por el pueblo latinoamericano", dijo el canciller.
El discurso chino también hace referencia a episodios recientes citados por diversos comunicados, como la captura en enero del presidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses y el bloqueo energético a Cuba. Estas afirmaciones están presentes en la narrativa oficial citada por Pekín y por actores regionales, pero no todas las versiones han sido verificadas públicamente por fuentes independientes, por lo que existen discrepancias en los relatos disponibles.
Para América Latina, y en particular para Chile, el intercambio con China ya no es solo económico, es también estratégico. La tensión por infraestructuras sensibles, como el proyecto de un cable submarino entre Chile y China, expone a países latinoamericanos a presiones contrapuestas: decisiones comerciales y tecnológicas que generan beneficios y, al mismo tiempo, riesgos políticos por alineamientos con uno u otro poder. La situación se asemeja a otras regiones donde la competencia entre grandes potencias se expresa mediante inversión, diplomacia y control de infraestructura crítica.
En lo inmediato, el mensaje de Pekín busca consolidar su narrativa de cooperación no alineada frente a la presión estadounidense, y presionar a gobiernos latinoamericanos para que defiendan su autonomía en políticas exteriores y de inversión. Para Chile esto implica un desafío de política exterior: mantener relaciones comerciales y de inversión con China, sin descuidar las garantías de seguridad y la interlocución con Estados Unidos y otros socios. Las próximas semanas, con debates en cumbres regionales y decisiones sobre proyectos de infraestructura, serán clave para medir si la retórica se traduce en cambios concretos en la agenda de los gobiernos latinoamericanos.
