El Festival de Viña del Mar parte este domingo con una programación que, más allá del brillo internacional, evidencia una realidad: la presencia de artistas chilenos en la parrilla es cada vez menor. Entre las jornadas que concentran expectativas están el debut en la Quinta Vergara de Pet Shop Boys y el regreso de Gloria Estefan, además de la estelaridad de Mon Laferte y noches dedicadas a la escena trap.

Pet Shop Boys, el dúo británico formado por Neil Tennant y Chris Lowe, llega a Viña en un momento de curiosa reivindicación histórica. En 1989 apenas comenzaban a salir de gira, y desde esa transición su relación con los escenarios cambió radicalmente. Su concierto en Viña, programado para el lunes 23, fue el primero en agotarse en menos de 48 horas, y la organización confirmó que la jornada estará compuesta exclusivamente por sus grandes éxitos. Ese dato resume tanto la apetencia por nombres foráneos consolidados como la lógica festivalera de hit tras hit.

Gloria Estefan, cantante cubano-estadounidense y figura clave de la música latina desde los años ochenta, regresa al festival tras más de cuatro décadas de trayectoria internacional. Su vuelta, junto a la presencia de Mon Laferte, cantante chilena que se ha instalado como referente del pop y la canción latinoamericana, muestra la mezcla entre reliquias internacionales y liderazgos locales que todavía permite al evento mantener su centralidad mediática.

Al mismo tiempo, esta versión consolida la presencia de artistas urbanos y de trap, un reflejo de cómo los gustos jóvenes han reconfigurado la oferta de festivales en todo Latinoamérica. Esa inserción trae público y conversación, pero también plantea preguntas sobre la plataforma que Viña ofrece a los creadores nacionales emergentes y consagrados.

El Festival mantiene además un rasgo clásico: la coexistencia de carteles que buscan equilibrio entre nombres masivos, retornos emblemáticos y figuras de catálogo que, por exceso o por descarte crítico, suelen generar tanto gracia como desdén entre la audiencia. Esa tensión entre espectáculo y credibilidad es el viejo dilema del festival, y esta edición no lo disimula.

Para la industria musical chilena, la baja relativa de artistas locales en la parrilla interpela tanto a programadores como a sellos y agentes culturales. Es una discusión sobre representatividad, mercado y la visibilidad que Viña sigue otorgando a la escena nacional. Si el festival quiere seguir siendo espejo de la sociedad musical chilena, su capacidad para equilibrar audiencias masivas con espacios para la diversidad local será la prueba más tangible.

La semana que comienza servirá para medir qué tan relevantes siguen siendo los nombres globales en el imagination popular chileno, y si la Quinta Vergara puede conciliar su rol de gran vidriera televisiva con la urgencia de fortalecer la escena chilena y latinoamericana. Entre risas que buscan víctimas y noches de hits asegurados, Viña 2026 promete, como siempre, ser una foto de nuestras contradicciones culturales.

Como complemento de la experiencia festivalera, seguimos contando territorios culturales de Viña del Mar que la rodean, desde sus bares hasta sus puestos de comida tradicional, elementos que convierten la semana del festival en un evento ciudadano más amplio que el propio escenario principal.