La Gala del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar 2026 volvió a convertir el atuendo de celebridades en tema público, en una noche que millones siguieron en televisión y redes sociales. La pregunta que lanzó un especialista en moda consciente, si la Gala convirtió el vestuario en mensaje o lo dejó en mera puesta en escena, resume un debate más amplio sobre identidad cultural, industria y visibilidad.
El peso de esa pregunta remite a la historia productiva de Chile. Un informe de la Biblioteca del Congreso Nacional de Chile de 2019, elaborado por la periodista y experta en moda sostenible Sofía Calvo, recuerda que en los años 60 la textilería nacional vivió su auge: representaba el 17,9% de la actividad industrial y cubría el 97% de la demanda interna en 1968. El documento traza cómo las decisiones económicas posteriores, la apertura comercial y la crisis de los 80 terminaron por desmantelar gran parte de esa cadena productiva, con consecuencias que hoy se sienten en el ingreso masivo de prendas importadas y en la fragilidad de oficios locales.
Ese pasado industrial convierte a la Gala en una vitrina con doble posibilidad. Puede servir para visibilizar diseñadores chilenos, rescatar oficios y abrir conversaciones sobre sostenibilidad e innovación. O puede limitarse a un escaparate de marcas globales y patrocinadores, donde el vestuario funciona solo como espectáculo inmediato, sin dejar rastro en la cadena productiva nacional. En 2026 hubo intentos por instalar discurso: en redes sociales circularon apariciones y pronunciamientos relacionados con autoría local y consumo responsable, entre ellos publicaciones de la comunicadora audiovisual Xaviera Salaza y de otros creadores, pero no existe aún una contabilización pública que muestre cuántos vestidos o trajes fueron de factura nacional.
La tensión entre símbolo y discurso también pasa por la visibilidad efectiva. Para que un vestido funcione como mensaje hace falta más que una alegoría estética; se requiere crédito al autor, información sobre materiales y procesos, y plataformas que conecten al público con las capacidades productivas locales. Hoy, la transmisión televisiva y la vorágine de clips en redes dan alcance masivo, pero rara vez incluyen esos matices: los nombres de diseñadores emergentes, los talleres regionales o las prácticas de reciclaje quedan en el pie de foto, si es que aparecen.
La magnitud de la audiencia no es menor. Un sondeo de la consultora Descifra y el diario La Tercera mostraba antes del festival que el 85% de las personas dijo que vería Viña 2026, lo que confirma el potencial de la Gala como espacio público para discutir moda y producción cultural. La pregunta es si ese potencial se aprovecha sistemáticamente o queda en gestos aislados.
Los diseñadores y activistas de moda consciente que han seguido la Gala proponen medidas concretas que podrían transformar esa plataforma: exigir créditos en pantalla, integrar mesas sobre industria textil en el programa oficial, y generar alianzas entre productoras televisivas y talleres locales para que la ropa no sea solo imagen sino motor de empleo y memoria. Algunos estilistas independientes, en entrevistas y publicaciones, también llaman a evitar el greenwashing, y a privilegiar procesos verificables antes que mensajes cosméticos.
La Gala de Viña seguirá siendo un espejo: refleja lo que la industria de la moda decide mostrar y, a la vez, lo que la sociedad está dispuesta a mirar. Si la reflexión de 2026 abre una ruta de mayor reconocimiento al trabajo chileno y a prácticas sostenibles, entonces el vestuario habrá sido algo más que un despliegue estético. Si no, seguirá siendo, por ahora, un espectáculo que brilla en la pantalla y se desvanece en los créditos.
