El 29 de julio pasado, Etiopía reportó haber plantado 350 millones de árboles en 12 horas en una jornada masiva organizada por el gobierno. La acción forma parte de una estrategia nacional de reforestación que las autoridades han promovido como respuesta a la degradación de su suelo y al cambio climático.

La campaña ocurre en un momento en que la reforestación vuelve al centro del debate científico. Un estudio publicado en la revista Science, una de las publicaciones científicas más importantes de Estados Unidos, planteó que plantar árboles en tierras adecuadas podría capturar hasta un tercio del CO2 emitido por la actividad humana desde la Revolución Industrial, y que harían falta cerca de un billón de árboles adicionales para alcanzar ese objetivo.

En Etiopía la iniciativa se enmarca en el programa conocido como Green Legacy, impulsado por el primer ministro Abiy Ahmed, que dirige el país desde 2018. Etiopía enfrenta presiones ambientales crónicas: deforestación por uso de leña y expansión agrícola, erosión de suelos, y sequías recurrentes. A eso se suman tensiones políticas internas y crisis humanitarias que complican la gobernanza territorial y la capacidad de seguimiento a largo plazo de las plantas.

La reacción internacional fue mixta. El gesto masivo fue celebrado por quienes destacan la escala necesaria para abordar el cambio climático mediante soluciones basadas en la naturaleza. Al mismo tiempo, científicos, organizaciones no gubernamentales y analistas han advertido límites prácticos. Entre las críticas recurrentes están las dudas sobre la supervivencia de los plantines a mediano y largo plazo, la selección de especies adecuadas para cada ecosistema, la posible priorización de cantidad sobre calidad, y problemas de tenencia de la tierra que pueden afectar a comunidades locales.

Además, en contextos de conflicto o desplazamiento, como los que vive Etiopía en algunas regiones, las campañas masivas se exponen a falta de mantenimiento, vandalismo o reasignación de terrenos. Los expertos subrayan que plantar árboles es solo el primer paso; la captura real de carbono y la recuperación de servicios ecosistémicos requieren protección, riego inicial si es necesario, control de plagas y monitoreo durante años.

¿Qué lecciones deja esto para Chile y América Latina? Primero, demuestra que es posible movilizar grandes recursos humanos y políticos, pero la escala no garantiza éxito ecológico. En Chile, donde gran parte de la superficie forestal es de plantaciones de pino y eucalipto destinadas a la industria, las prioridades deben ser distintas: aumentar la restauración de bosques nativos, evitar monocultivos en zonas inapropiadas y considerar la escasez hídrica en la planificación.

Segundo, la experiencia etíope resalta la importancia de asegurar derechos y participación de comunidades locales e indígenas, y de establecer mecanismos de monitoreo público y transparencia. En Chile, la recuperación de bosques nativos y la prevención de incendios requieren acuerdos con comunidades rurales, financiamiento sostenido y criterios científicos sobre qué plantar y dónde.

Tercero, para que la reforestación aporte a las metas climáticas, no puede sustituir las reducciones de emisiones. Plantar es una medida complementaria a cambios estructurales en energía, transporte e industria, y a políticas de manejo del fuego y del agua.

En suma, la jornada etíope es un recordatorio potente de la ambición posible en materia ambiental. Pero la efectividad dependerá de decisiones técnicas, cuidado post-plantación, respeto de derechos territoriales y continuidad política. Para Chile, la experiencia aporta aprendizajes prácticos: priorizar especies nativas, diseñar mantenimiento a largo plazo, incluir a las comunidades y atar las campañas a objetivos climáticos verificables.