En la alfombra roja de la Gala del Festival de Viña del Mar 2026, la bailarina y ganadora de Gran Hermano Chile Cony Capelli acaparó la atención por su vestido celeste con escote en V y una cola discreta, y por un cambio radical de peinado que marcó su estilismo. Lo que en redes sociales se celebró como un acierto, en la televisión encendió dudas sobre la calidad y la entrega del traje.

En el programa Con Gusto a Viña, emitido por el canal Mega, la panelista Eugenia Lemos puso en cuestión el estado del atuendo antes de la gala. "El vestido no llegó a tiempo, no estaba terminado. Dice que no tenía basta, estaba descosido", relató Lemos durante la transmisión, y añadió que la propuesta final no coincidía con lo que supuestamente se le había mostrado a la artista, lo que explicaría su molestia tras bambalinas.

La versión no pasó inadvertida para los responsables del vestuario. Los diseñadores Giovanni Risso y Bernardo Santander, quienes firmaron los trajes usados por Capelli, salieron a desmentir las afirmaciones a través de sus cuentas de Instagram. En una historia escribieron que "los siete trajes para esta gala fueron entregados a tiempo y forma, completamente terminados", y cuestionaron que no se consultara su versión antes de difundir el comentario en televisión. Los diseñadores sostienen que hubo contacto directo con la producción y niegan irregularidades en la confección.

La disputa entre la figura pública, el panel televisivo y los creadores del vestuario abre varias lecturas sobre cómo se construye la escena pública en torno a Viña. El Festival de Viña del Mar sigue siendo, más allá del espectáculo, un termómetro cultural en Chile y América Latina: esta edición, según sondeos, atrae miradas por nombres como Gloria Estefan y Mon Laferte, y por eso cada elección de imagen y cada rumor adquiere lectura pública y económica.

En lo inmediato, la controversia plantea preguntas concretas sobre prácticas periodísticas, verificación y relaciones de trabajo en la moda para eventos masivos. La ausencia de una versión pública del programa o de la producción de la gala en relación con las declaraciones en pantalla limita, por ahora, una conciliación clara entre las partes. Mientras tanto, el episodio revela la presión sobre diseñadores y artistas cuando la alfombra roja deja de ser solo moda y se convierte en debate público.

Que un vestido sea tema de conversación más allá de su estética no es nuevo, pero en tiempos de redes y televisión en simultáneo se vuelve espejo de expectativas sociales: de la perfección técnica en la confección, del rol de la prensa cultural y del lugar que ocupan las creadoras y los creadores chilenos en eventos que proyectan a todo el continente. La historia permanecerá abierta hasta que se contrasten oficialmente todas las versiones.