Junio se convirtió en el Mes del Orgullo por una fecha concreta, y por lo que esa fecha representa: la revuelta frente al bar Stonewall Inn en Nueva York, que empezó la noche del 28 de junio de 1969. Aquella reacción colectiva, frente a redadas policiales repetidas contra personas LGBT, marcó un punto de quiebre y un año después motivó la primera marcha de reivindicación en la misma fecha, el 28 de junio de 1970.
El episodio hay que entenderlo en su contexto sesentero. Estados Unidos vivía convulsiones sociales, pero en barrios como Greenwich Village, en Manhattan, se había articulado una vida bohemia donde personas gays, lesbiana, trans y drag encontraban espacios de sociabilidad. La violencia institucional, la estigmatización médica y las redadas policiales eran comunes. La lucha por reconocimiento y derechos fue cronológica: la Asociación Americana de Psiquiatría decidió eliminar la homosexualidad de su manual en 1973, y la Organización Mundial de la Salud la retiró de su lista de enfermedades en 1990.
A la hora de nombrar voces, muchas activistas trans y de base están asociadas a Stonewall, incluidas figuras simbólicas como Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera, reconocidas por su activismo en favor de personas marginadas. Es importante decir que la historia oral tiene puntos de disputa, pero la memoria colectiva las reconoce como referentes de aquello que ocurrió en Christopher Street, la calle donde queda Stonewall.
¿Cómo llegó eso a América Latina y a Chile? Las marchas y celebraciones se adaptaron al continente con sus propias urgencias, mezclando fiesta y protesta. Hubo hitos regionales que influyeron en la agenda de derechos, por ejemplo la legalización del matrimonio igualitario en países vecinos que abrió discusiones públicas. En Chile, la conquista de derechos ha sido gradual, y un avance concreto fue el Acuerdo de Unión Civil aprobado en 2015, que otorgó reconocimiento legal a parejas del mismo sexo. Organizaciones chilenas como el Movimiento de Integración y Liberación Homosexual, MOVILH, y Fundación Iguales han sido protagonistas en la movilización y el acompañamiento jurídico y social.
Hoy el Mes del Orgullo cumple dos funciones: memoria y agenda. Por un lado recuerda a quienes resistieron la violencia policial y la exclusión, por otro mantiene vigente la demanda por igualdad real, inclusión en salud y educación, y protección para personas trans. En Chile esas demandas siguen presentes en políticas públicas, debates parlamentarios y en la vida cotidiana de barrios y familias.
Si quieres participar o informarte, hay maneras concretas de hacerlo: sumarte a la Marcha del Orgullo en tu ciudad, asistir a ciclos de cine, teatro y exposiciones que suelen organizar centros culturales y universidades, y apoyar u obtener orientación de organizaciones locales como MOVILH y Fundación Iguales. Para quien busca lectura o contexto cultural, autores chilenos como Pedro Lemebel ofrecen relatos que conectan identidad, marginalidad y crítica social.
El Mes del Orgullo, entonces, no es solo una fiesta cromática. Es una conmemoración nacida de la resistencia, que llegó a nuestras calles con matices propios, y que sigue siendo una herramienta para exigir derechos y recordar a quienes quedaron en el camino.
