Estados Unidos impulsa contactos de paz entre Ucrania y Rusia que, desde el 23 de enero, han ganado en tono y regularidad y que se retomaron cara a cara en mayo de 2025 en Estambul, Turquía, aunque aún no logran un alto el fuego permanente.

La guerra lleva 1.461 días de conflicto, y esa duración marca el contexto político y humanitario de las conversaciones. El presidente ruso, Vladimir Putin, ha rechazado las propuestas de Kiev y Washington para un alto el fuego duradero. Volodímir Zelenski, presidente de Ucrania, ofreció reunirse con Putin para desbloquear el proceso, propuesta que Moscú respondió con una invitación que Kiev considera cínica.

El principal punto de choque es la región de Donetsk, en el este de Ucrania. Rusia controla más de tres cuartas partes de la región y exige que Kiev le entregue el resto como condición para bajar las armas. Ucrania, con el apoyo de Alemania, Francia y el Reino Unido, rechaza ceder territorios que no fueron conquistados en combate y además reclama recuperar el control de la central nuclear de Zaporiyia, situada en la región homónima del sureste de Ucrania y tomada por Moscú en los primeros días de la guerra.

Además de las reuniones directas en Estambul, ambas partes negocian por separado con emisarios de la administración de Donald Trump, presidente de los Estados Unidos. La prioridad declarada de Moscú es relanzar relaciones comerciales sin poner fin a la guerra, mientras Kiev busca que Washington aplique más sanciones económicas, en la línea de las medidas autorizadas en octubre pasado contra los gigantes petroleros rusos Lukoil y Rosneft, que han reducido las ventas de crudo ruso a India.

Políticamente, la dinámica es clara: Rusia mantiene ventaja territorial en el este y usa esa posición para presionar en la mesa de negociación. Ucrania busca apoyo occidental para sostener la resistencia y recuperar control territorial. Estados Unidos intenta capitalizar diplomáticamente el proceso, pero enfrenta escepticismo entre socios europeos y en Kiev, que temen que Moscú negocie para ganar tiempo y legitimidad sin ceder en lo esencial.

Para la población ucraniana la consecuencia inmediata es continuada inseguridad y riesgo de desplazamiento, especialmente en Donetsk y zonas cercanas a la central de Zaporiyia, donde cualquier hostilización eleva el riesgo nuclear y humanitario. En términos globales, la guerra y las sanciones afectan flujos energéticos y mercados, con impacto indirecto en países como Chile a través de precios de combustibles y volatilidad económica.

El precedente histórico es la repetida frustración de intentos de arreglo territorial desde 2014, cuando se erosionó el respeto por las fronteras ucranianas tras la anexión de Crimea. Quien gane o pierda en los próximos meses dependerrá tanto de la evolución militar en el terreno como de la firmeza y coordinación de las sanciones y apoyos occidentales. Por ahora, el tablero muestra negociaciones más fluidas, pero sin condiciones que permitan un alto el fuego estable. Las próximas rondas —y la respuesta de Moscú a demandas territoriales y de control sobre infraestructuras críticas— definirán si las conversaciones pasan de diplomacia escenificada a un acuerdo real.