El Ejército de Israel confirmó este domingo por la tarde bombardeos contra objetivos en Teherán, la capital de Irán, y otras localidades iraníes, en operaciones que describió como dirigidas contra estructuras vinculadas a la Guardia Revolucionaria. La comunicación de las fuerzas armadas israelíes habló de "ataques a gran escala", sin detallar ubicaciones precisas más allá de la capital.
Según el mismo informe, la aviación israelí atacó recientemente la sede de la Fuerza Espacial de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán, conocida por sus siglas en inglés como IRGC, y alcanzó 50 búnkeres de munición. El Ejército israelí afirma haber golpeado hasta 400 objetivos en el oeste y centro del país, entre ellos lanzaderas de misiles balísticos y plantas de producción de armamento.
La ofensiva se produce en el marco de una escalada más amplia que ha incluido acciones conjuntas o paralelas de Estados Unidos, y que, según los recuentos divulgados, se ha cobrado la vida de más de 1.300 personas en territorio iraní. En Israel, los ataques con misiles atribuidos a Irán habrían causado la muerte de al menos diez personas y, este domingo, una persona resultó gravemente herida en la región de Tel Aviv tras una salva iraní, la primera de esa índole reportada desde el inicio del conflicto, el 28 de febrero.
Teherán amaneció envuelta en lo que autoridades locales describieron como una nube tóxica, producto de una mezcla de lluvia y humo tras el impacto en depósitos de combustible en la capital. La falta de detalles precisos por parte de Israel sobre las ubicaciones de los ataques aumenta la incertidumbre sobre la escala real de daños civiles e infraestructura crítica.
Desde la perspectiva geopolítica, la campaña israelí apunta a degradar capacidades militares iraníes con foco en misiles y centros de producción, mientras que Irán ha mostrado capacidad de respuesta mediante misiles de largo alcance. El conflicto ya está impactando a actores globales: los mercados bursátiles cayeron y el precio del petróleo subió, reflejo del riesgo hacia rutas como el Estrecho de Ormuz.
Para Chile y América Latina, el episodio tiene varios canales de contagio. Un alza sostenida del crudo presiona los combustibles importados, encarece el transporte marítimo y puede amplificar presiones inflacionarias locales. Además, la volatilidad en los mercados financieros internacionales complica el apetito por riesgo de inversionistas chilenos y puede afectar los costos de logística de la minería, sector clave para la economía nacional.
Las reacciones políticas internacionales aún están difusas. Estados Unidos mantiene apoyo operativo y diplomático a Israel, según fuentes abiertas, y algunos países europeos han pedido moderación para evitar una escalada regional. Irán no ha divulgado detalles oficiales que permitan verificar el alcance completo de los daños internos, y organismos multilaterales como Naciones Unidas aún no han emitido una posición detallada sobre las últimas operaciones.
El conflicto podría prolongarse con episodios periódicos de ataques y represalias, y las próximas horas serán clave para medir si la ofensiva israelí cumple sus objetivos militares sin provocar una conflagración más amplia. Para Chile, el desafío inmediato es monitorear el efecto en precios internacionales de energía y mantener la atención sobre eventuales perturbaciones en rutas comerciales que afecten la actividad exportadora y los costos internos.
