El discurso de Nikita Jruschov, pronunciado en el histórico XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, vuelve a ser eje de debate en Rusia mientras el Kremlin impulsa una visible rehabilitación de la figura de Íosif Stalin. La controversia combina gestos culturales, defensas públicas de autoridades y un discurso oficial que reinterpreta el pasado soviético.
En 1956 Jruschov, entonces secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), expuso ante los delegados los excesos del régimen estalinista, incluyendo el uso del concepto de "enemigo del pueblo", las purgas y las listas de represaliados que, dijo, Stalin aprobó personalmente entre 1937 y 1938. Esa denuncia abrió una etapa de desestalinización que tuvo uno de sus hitos en 1961, cuando en el XXII Congreso del PCUS se formalizó la condena y la momia de Stalin fue retirada del mausoleo junto a la de Lenin.
Hoy, sin embargo, la narrativa oficial y cultural en Rusia ha cambiado de tono. Cineastas como Vladímir Bortko, que comenzó el rodaje en la región de Leningrado de una película sobre Stalin, defienden una lectura más favorable. En palabras del propio Bortko, "No diré que era un hombre dulce y bueno, pero fue la persona que construyó nuestro país". Al mismo tiempo, el presidente Vladímir Putin ha relativizado el legado de Lenin y ha mostrado una postura más indulgente hacia Stalin, ampliando un proceso de rehabilitación que mezcla nacionalismo histórico y búsqueda de legitimidad interna.
La revisión del pasado no es indiferente a las memorias de las víctimas. El discurso de Jruschov hablaba del "exterminio físico y moral" de cientos de miles de soviéticos; historiadores, organizaciones de derechos humanos y familiares de las víctimas han advertido que la minimización de esos crímenes equivale a revisionismo. A su vez, partidos como el Partido Comunista de Rusia (PCR) han cuestionado en el debate público algunos informes y cifras, lo que alimenta la disputa sobre la verdad histórica en Rusia.
Este proceso tiene resonancias geopolíticas. La rehabilitación de Stalin refuerza una narrativa estatal sobre grandeza y soberanía que Moscú proyecta hacia el exterior, incluida América Latina. Rusia ha cultivado en la región vínculos políticos y culturales con gobiernos y movimientos afines, y una reinterpretación del pasado soviético puede servir de base simbólica para fortalecer esas relaciones. Para Chile y el resto de la región, esto pone en primer plano cómo los Estados manejan la memoria de crímenes de lesa humanidad y el riesgo de que discursos nacionalistas relativicen responsabilidades históricas.
En Chile, donde las comisiones de verdad y los juicios por crímenes de la dictadura de Augusto Pinochet marcaron la política de memoria, la discusión rusa vuelve relevante: pone en evidencia que la batalla por la historia no es solo académica, sino que incide en la legitimidad política y en las políticas públicas hacia las víctimas. Además, en un mundo marcado por la multiplicidad de narrativas y la competencia geopolítica, la forma en que Rusia reconstruye su pasado puede afectar la percepción pública sobre la guerra en Ucrania y sobre regímenes autoritarios en otros contextos.
La conmemoración del discurso de Jruschov muestra, en suma, que la memoria es una arena política presente. La rehabilitación de Stalin en Rusia no borra los hechos denunciados en 1956, pero sí redefine los marcos simbólicos con que se interpretan. Las próximas señales estarán en el terreno cultural, en decisiones partidarias y en la retórica oficial, y tendrán implicaciones para cómo se abordan la memoria y la rendición de cuentas tanto en Europa como en América Latina.
