El domingo 22 de febrero, durante la jornada inaugural del Festival de Viña 2026, el arzobispo de Santiago, Cardenal Fernando Chomali, cuestionó en su cuenta de X los pasajes de la rutina de Stefan Kramer en que el comediante entonó melodías asociadas a las misas y las puso en clave de humor ante el público de la Quinta Vergara.

En su mensaje, Chomali no nombró directamente a Kramer, pero aludió al episodio y sostuvo "en el festival de Viña del Mar quedó claro que con la fe de los chilenos y el amor a la Virgen María no se juega". Añadió que "gracias a Dios el 'monstruo' reaccionó ante tanto agravio gratuito", en referencia a la reacción del público, conocido popularmente como el Monstruo.

La rutina de Kramer, humorista e imitador chileno famoso por sus versiones de figuras como Ricardo Arjona y el presidente Gabriel Boric, mezcló parodia política y alusiones a espacios de sociabilidad más tradicionales, como la liturgia católica. En la Quinta Vergara el recurso provocó risas y abucheos según el minuto, y ahora abrió un cruce público entre la Iglesia y el mundo del espectáculo.

Este choque no es solo anecdótico. El Festival de Viña funciona desde hace décadas como una plaza pública donde se cruzan relatos sobre identidad nacional, memoria y modernidad, y la religiosidad popular forma parte de ese tejido. Para amplios sectores de la sociedad chilena, el humor que toca símbolos sagrados pone bajo tensión los límites entre libertad de expresión y respeto a convicciones colectivas.

La reacción de Chomali se suma a otras discusiones que ha generado el certamen este año, entre ellas la presencia de artistas internacionales y versiones musicales que remarcan la memoria cultural chilena, como la interpretación de "Gracias a la Vida" que hizo Matteo Bocelli durante la misma jornada inaugural.

Por ahora no hay una respuesta pública de Stefan Kramer sobre las palabras del cardenal. El episodio reaviva una conversación más amplia sobre el rol del humor en espacios masivos y sobre cómo se negocian los símbolos religiosos en eventos que buscan ser, a la vez, populares y representativos.

Quedan por ver las repercusiones: si la Iglesia emite comunicados oficiales adicionales, si el Festival aborda el tema en su programación o si la polémica produce cambios en la línea editorial de futuros shows. En el fondo, lo que se discute es cómo en Chile contemporáneo se concilian tradición, sátira y público en la escena cultural.