Hace unos días, desde RomanSpace, México, apareció un ensayo que parte de un texto publicado en Tiempo Argentino para hacer una pregunta punzante: ¿por qué la izquierda parece más dispuesta a demostrar que tiene la razón que a construir las mayorías necesarias para ejercer el poder? El detonante fue un artículo de Mariano Quiroga, periodista argentino de Tiempo Argentino, que disecciona la arquitectura comunicacional detrás de la reforma laboral del gobierno de Javier Milei, presidente de Argentina.

Quiroga traza con detalle cómo el discurso oficial reconfigura palabras, transforma “derecho” en “privilegio”, y segmenta audiencias para activar sentimientos contrapuestos, miedo y orgullo. Esa radiografía no es inocua, y por eso conmueve: muestra un dispositivo pulido que combina datos, emoción y técnica. En el ensayo desde México, el diagnóstico se celebra, pero también se observa una satisfacción estética que se vuelve política, una especie de lectura moral que confiesa alivio ante la explicación de la derrota.

Esa voracidad por los textos impecables, esa lectura catártica que el autor llama El Placer de la Derrota, es más que un fenómeno literario. Es una práctica política: leer para sentirse vindicado, para confirmar que la razón está del lado propio, sin mover las piezas necesarias para convertir esa razón en fuerza social. El ensayo recuerda que herramientas de comunicación que hoy vemos en América Latina fueron sistematizadas por consultores internacionales, entre ellos el estadounidense Frank Luntz, conocido por su trabajo en framing, es decir, en cómo enmarcar mensajes para provocar determinadas emociones en el público.

Reconocer la eficacia del adversario, sin embargo, no equivale a neutralizarlo. El peligro aparece cuando la explicación se transforma en consuelo. Si “ellos” ganan porque manipulan, la conclusión tácita es que no hay batalla política posible, solo resistencia estética. En Argentina, esto se traduce en perder iniciativa legislativa; en Chile, la dinámica tiene resonancias claras. Tras el estallido social y el proceso constituyente, sectores del progresismo se refugiaron en análisis hermosos y correctos, pero a menudo insuficientes para ensamblar alianzas amplias y propuestas que conectaran con el imaginario ciudadano.

No es una invitación a abandonar la rigurosidad. Al contrario, el ensayo reclama que el rigor se convierta en herramienta de tracción. La pregunta operativa pasa de “tenemos la razón” a “qué hacemos con esa razón para transformar realidades”, cómo se traduce un diagnóstico en política pública, en narrativa que llegue, en coalición que gobierne. Ahí la comunicación deja de ser un lujo intelectual y se vuelve táctica.

Voces de la izquierda latinoamericana han advertido hace tiempo sobre este desajuste entre criterio intelectual y acción política, pero la tensión persiste. Ganar espacio simbólico en redes o en medios puede producir eficacia emocional, pero no sustituye la construcción de poder institucional ni la negociación que exige gobernar. Quedarse en el terreno de la explicación es, en la práctica, ceder el terreno de la decisión.

El cierre del ensayo desde México es una exigencia: si no se quiere seguir asistiendo al espectáculo de la derrota celebrada, hace falta ensamblar diagnósticos con estrategias de poder. Traducir análisis en propuestas comprensibles, emocionar con ideas tan bien como lo hacen los adversarios con slogans, y mirar con menos indulgencia las zonas de confort intelectual. Esa es la tarea para la izquierda que aspira no solo a tener la razón, sino a ejercerla.

El desafío es político y comunicacional a la vez, y no admite consuelo. Si los progresismos latinoamericanos no aprenden a transformar elegancia crítica en tracción política, seguirán explicando por qué pierden, mientras otros ganan con mensajes que hablan directo al cuerpo y a la emoción de las mayorías. La alternativa es evidente, queda por ver si la voluntad lo será también.