En la primera noche del 65° Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, la presentadora y periodista chilena Karen Doggenweiler subió al escenario de la Quinta Vergara con un vestido dorado que condensó tradición, oficio y puesta en escena.

La pieza fue diseñada por Camila Pontikas, diseñadora chilena originaria de la región de Magallanes, que debuta en este escenario con una propuesta que dialoga con la arquitectura clásica. El vestido toma como eje estético las cariátides del Templo de Erecteón, en la Acrópolis de Atenas, y traduce esa verticalidad en una silueta clásica y estructurada. Confeccionado en gasa de seda y lentejuelas metálicas bordadas, el traje presenta un escote pronunciado, breteles finos y un drapeado que nace desde una apertura lateral para lograr una caída fluida que acompaña la figura.

Pontikas subraya el trabajo artesanal detrás de la pieza y pone énfasis en la técnica: "Es una línea bastante clásica, a pesar de que me caracterizo por un estilo más experimental. En este caso quise apegarme a la labor artesanal original, utilizando técnicas de confección de alta costura. El vestido cuenta con unas 100 horas de trabajo manual, incluyendo cristales Swarovski, mostacillas de vidrio y piedras naturales", explicó la diseñadora. Esta cifra, además de ser un dato de manufactura, habla de la apuesta por rescatar oficios en una pasarela que se ve desde toda América Latina.

La joyería que complementó la propuesta vino del taller Claf Goldsmith, a cargo de la orfebre Laura Fuentealba. Sus pendientes y collar fueron concebidos como una lectura escultórica del paisaje costero de Viña, con volúmenes que remiten al movimiento de las olas y un recorrido de piedras blancas que simulan la espuma. "Buscamos reinterpretar la fuerza y elegancia del Pacífico. Más que una joya, es una pieza de carácter contemporáneo que otorga una presencia escénica de alto impacto", señaló Fuentealba.

La elección de Doggenweiler como vehículo de esta propuesta no es casual. Karen Doggenweiler, figura estable de la televisión chilena y conductora de programas de entretención y festivales, funciona en la Quinta Vergara como un puente entre la solemnidad del espectáculo y el público masivo. El vestido, pensado para potenciar su colorimetría y presencia escénica, operó como una extensión de esa función: visibilidad para la creadora local y un gesto estético que buscó hablar tanto al público en vivo como a la audiencia televisiva.

Más allá de la anécdota de alfombra, la combinación de referencias mediterráneas y materiales locales plantea una lectura interesante: cómo un símbolo clásico europeo puede reescribirse desde la artesanía chilena para hablar de luz, mar y presencia escénica. En un festival que sigue siendo vitrina de la cultura popular latinoamericana, la puesta en escena también es conversación sobre identidad, oficio y economía creativa.

Las próximas jornadas del festival dirán si esta apuesta artesanal marca tendencia en las noches de Viña. Por ahora, la primera noche dejó en la memoria la imagen de un dorado trabajado a mano, que buscó equilibrar lo monumental con el detalle minucioso del oficio.