Un estudio publicado a mediados de febrero en la revista Nature Medicine sugiere que análisis de sangre podrían usarse para anticipar la aparición de síntomas de la enfermedad de Alzheimer en un horizonte cercano, de aproximadamente 3-4 años. La investigación, dirigida por equipos de Estados Unidos y citada además en The Washington Post, propone un modelo que combina cambios en marcadores sanguíneos para estimar el momento en que una persona podría desarrollar síntomas clínicos.
Los autores se centraron en una proteína llamada p-tau217, que es una forma fosforilada de la proteína tau asociada a los lóbulos cerebrales afectados por la enfermedad. En términos sencillos, p-tau217 en sangre refleja procesos neuropatológicos que antes solo podían detectarse con pruebas más invasivas, como el análisis de líquido cefalorraquídeo, o con imágenes especiales, como la tomografía por emisión de positrones, PET por sus siglas en inglés.
En la investigación los científicos revisaron los niveles de p-tau217 a lo largo del tiempo en participantes de dos cohortes de seguimiento prolongado. Vieron que las personas con aumentos más marcados en este biomarcador tendían a desarrollar síntomas más rápidamente. Además, el estudio reportó que cuando los niveles empezaban a subir en personas de 60 años, el promedio hasta la aparición de síntomas fue de cerca de dos décadas, mientras que en quienes mostraron el aumento a los 80 años el intervalo promedio fue de unos 11 años.
La investigadora Suzanne Schindler, especialista en demencia de la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington en St. Louis, quien ayudó a dirigir el estudio, señaló a The Washington Post que "el uso de análisis de sangre para identificar a las personas con probabilidad de desarrollar síntomas a corto plazo podría ofrecer una manera más rápida y eficiente de encontrar tratamientos prometedores". Esa posibilidad es, según los autores, principalmente útil para seleccionar participantes en ensayos clínicos y para priorizar intervenciones preventivas en investigación.
Es importante distinguir entre hallazgos prometedores y aplicaciones clínicas consolidadas. El estudio no ofrece hoy una prueba diagnóstica definitiva para uso masivo. Los autores reconocen limitaciones: el modelo aún no alcanza la precisión suficiente para predecir con confianza la trayectoria individual de cada persona, y fue desarrollado con datos de cohortes específicas, lo que plantea dudas sobre su generalizabilidad a poblaciones con diferente edad, etnia, comorbilidades o factores sociales.
Además, las pruebas de sangre que miden p-tau217 y otros biomarcadores deben ser validadas de manera independiente, comparadas con los estándares actuales, y luego sometidas a regulación antes de poder usarse en clínica. En Chile, como en otros países, eso implicaría estudios locales que demuestren que los resultados son equivalentes en nuestra población, aprobación por el Instituto de Salud Pública (ISP) y evaluación sobre costo, equidad y acceso por parte de Fonasa e Isapres.
En la práctica clínica hoy, el diagnóstico precoz fiable de Alzheimer sigue apoyado en combinaciones de evaluación clínica, neuropsicológica, imágenes y, cuando corresponde, análisis de líquido cefalorraquídeo o PET. Las pruebas sanguíneas están cambiando rápidamente el panorama, pero todavía se consideran mayormente herramientas de investigación o de apoyo en centros especializados.
Hay además trabajo paralelo que explora fármacos y señales de protección. Investigaciones de la Cleveland Clinic y un panel de la Universidad de Exeter han identificado fármacos con alguna señal de efecto protector, como el sildenafilo, pero esas observaciones requieren ensayos clínicos controlados antes de cualquier recomendación terapéutica.
La perspectiva para Chile es de cautelosa esperanza. Si estos biomarcadores se validan en múltiples poblaciones y se demuestra que guían intervenciones que alteren el curso de la enfermedad, podrían transformar cómo se diseñan ensayos y cómo se practican estrategias preventivas. Pero antes vienen pasos necesarios: replicación independiente, ensayos clínicos que prueben intervenciones tempranas, aprobación regulatoria y reflexión ética sobre el impacto de predecir una enfermedad neurodegenerativa antes de que aparezcan los síntomas.
Por ahora, para quienes se preocupan por la memoria o tienen antecedentes familiares, la recomendación de los especialistas sigue siendo consultar con neurólogos o geriatras en centros de referencia, participar en estudios clínicos si se ofrece la oportunidad, y vigilar factores de riesgo modificables como control vascular, actividad física, sueño y socialización, medidas con evidencia de beneficio para la salud cerebral.

