La acción coincidió con la creciente tensión internacional tras el ataque de Estados Unidos y de Israel contra Irán, y varios asistentes aprovecharon la visibilidad de la gala para expresar preocupación por el riesgo de una guerra mayor.
Luis Tosar, actor español y uno de los presentadores de la gala, dijo que no era el momento ni el lugar para emitir juicios categóricos sobre un conflicto que "acaba de desatarse", aunque admitió que hay desconcierto frente a los acontecimientos. Gonzalo Suárez, director y guionista español que recibió el Goya de Honor en esta edición, también mostró una chapa con el lema "Free Palestine" y afirmó que "lo peor que puede suceder es una guerra"; añadió, con ironía, que los símbolos difícilmente frenarán intereses económicos mayores que la industria del cine.
Hernán Zin, director y periodista y codirector del documental Todos somos Gaza, fue de las intervenciones más directas al denunciar la muerte de menores en los ataques recientes y pedir recuperar consignas pacifistas. Otros artistas como Carlos Cuevas, actor español, defendieron que la cultura "no debe ser nunca imparcial"; Marc Clotet, actor español, dijo que el mensaje del "No a la guerra" debería ser permanente, y Miriam Garlo, actriz, remarcó que "la paz es el camino". La actriz española Greta Fernández reconoció sentir temor por el rumbo de los acontecimientos.
En una intervención relacionada, la actriz estadounidense Susan Sarandon, quien también recibió un Goya de Honor en la ceremonia, lució una chapa "Free Palestine" y habló de lucidez moral frente a la violencia global.
El uso de los símbolos y las alusiones al histórico lema "No a la guerra" remiten a la gala de 2003, cuando la industria cultural española se movilizó contra la invasión a Irak. Aquí hubo coincidencias y matices: algunos participantes evitaron emitir juicios cerrados sobre responsabilidades, mientras otros llamaron a una postura más tajante en favor de la paz.
Para Chile y América Latina este gesto tiene resonancia especial. Chile alberga la mayor diáspora palestina fuera del mundo árabe, y las muestras de solidaridad en espacios culturales europeos suelen amplificarse en la opinión pública y en organizaciones sociales latinoamericanas. La visibilidad internacional de la causa palestina puede, además, volver a presionar a gobiernos y plataformas culturales sobre decisiones de financiación, programación y diplomacia cultural.
A corto plazo, la alfombra roja de los Goya confirma que el cine y los eventos culturales siguen siendo tribuna para demandas políticas. A mediano plazo, la repetición de consignas pacifistas en festivales y galas plantea un desafío a las instituciones: cómo equilibrar la libertad de expresión de los artistas con la política exterior de los estados y la gestión de audiencias polarizadas. Mientras tanto, los llamados a retomar el "No a la guerra" prometen continuar en próximos foros culturales y debates públicos.


