El director de cine James Cameron envió una carta al senador Mike Lee, presidente del subcomité de Competencia del Senado de Estados Unidos, para advertir que la posible compra de Warner Bros. Discovery por parte de Netflix tendría consecuencias negativas para la industria cinematográfica. Cameron, responsable de éxitos como Titanic y Avatar, dice que la operación sería "desastrosa" para el negocio de las películas en salas.

Mike Lee preside un subcomité que revisa asuntos de competencia y fusiones en Estados Unidos, en un proceso regulatorio que puede determinar si acuerdos de este tamaño siguen adelante. Netflix es una plataforma de streaming estadounidense que produce y distribuye contenidos globalmente, mientras Warner Bros. Discovery es uno de los grandes estudios y conglomerados mediáticos de Estados Unidos; no existe un equivalente directo en Chile en términos de tamaño y alcance.

En su misiva, Cameron afirma: "Creo firmemente que la venta propuesta de Warner Brothers Discovery a Netflix será desastrosa para el negocio de las películas cinematográficas al que he dedicado mi vida profesional" y añade que "los cines cerrarán. Se harán menos películas. Las pérdidas de empleo serán en espiral". Reconoce que sus films también llegan al streaming, pero subraya que su prioridad ha sido siempre la experiencia en salas.

El núcleo de la crítica es claro, y refleja una tensión mayor entre dos modelos. Cameron denuncia que el enfoque de Netflix, centrado en el streaming y en producir para la plataforma, es incompatible con el funcionamiento tradicional de estudios como Warner Bros., y que la centralización del control sobre grandes catálogos puede reducir la cantidad y variedad de grandes producciones.

Para Chile, las implicancias son indirectas pero reales. Menos grandes producciones estadounidenses y una distribución más concentrada podrían limitar la diversidad de títulos que llegan a nuestras salas y plataformas, y presionar a los exhibidores locales en un mercado ya tensionado por cambios tecnológicos y modelos de consumo. Además, la influencia cultural del cine estadounidense en el exterior, incluida América Latina, depende en buena parte de la capacidad de producir y distribuir una variedad de películas, algo que Cameron teme que se deteriore si prospera la compra.

La carta llega en medio de un debate regulatorio sobre competencia y de un contexto económico internacional sensible, lo que amplifica la discusión sobre qué tipo de industria queremos preservar. La intervención de un cineasta con la visibilidad de Cameron pone en primer plano no solo intereses económicos, sino preguntas culturales: quién decide qué historias se cuentan y cómo llegan al público.

No está cerrado ni claro cómo terminará este proceso ni qué medidas concretas tomarán los reguladores estadounidenses. Lo que sí propone la carta es una urgencia ética y política, pedir a los responsables públicos que consideren no solo el balance financiero, sino el futuro de las salas, el trabajo en la cadena de valor del cine y la pluralidad cultural que llega a audiencias fuera de Estados Unidos, incluida Chile.