En Estados Unidos, mercados en línea que permiten apostar sobre desde resultados electorales hasta la llegada de vida extraterrestre han concentrado sumas millonarias y abierto un debate sobre regulación y ética. Plataformas como Polymarket y Kalshi gestionan hoy mercados en los que se negocian probabilidades sobre si un político será nominado, si habrá conflicto internacional o qué película se llevará un Oscar, y en algunos contratos el capital acumulado supera los cientos de millones de dólares.
El fenómeno no nació de la nada. Hasta 2018 las apuestas deportivas estaban prohibidas en la mayoría de los estados estadounidenses; la decisión del tribunal supremo que permitió su expansión y la posterior apertura regulatoria crearon un terreno fértil para que estos mercados ganaran tracción. A diferencia de una casa de apuestas tradicional, que fija cuotas y asume la banca, estas plataformas operan como intermediarias: permiten comprar y vender contratos binarios que pagan si ocurre o no un evento. El precio de mercado funciona como una estimación colectiva de probabilidad, y así una pregunta sobre quién será el candidato demócrata en 2028 llegó a concentrar más de 678 millones de dólares apostados en Polymarket, con apoyos porcentuales para figuras como Gavin Newsom, gobernador de California, y la congresista Alexandria Ocasio-Cortez, ambas autoridades políticas estadounidenses.
Esa capacidad de traducir incertidumbre pública en dinero ha atraído a grandes inversores, anuncios masivos y acuerdos con medios. Cadenas y diarios financieros estadounidenses, desde la cadena CNN hasta el diario The Wall Street Journal, han sido socios comerciales o plataformas de difusión. Los avisos incluso llegaron a ocupar pantallas en Times Square, en la ciudad de Nueva York, mostrando que esta economía de predicciones busca legitimidad y presencia cultural.
La rapidez del crecimiento dejó sin resolver varias preguntas. Reguladores y académicos advierten sobre riesgos concretos: el uso de información privilegiada, la manipulación de mercados por actores con acceso anticipado a datos, y la falta de marcos claros para proteger a pequeños apostadores. También surge una inquietud cultural más amplia: convertir decisiones públicas, guerras o fenómenos sociales en instrumentos de especulación cambia el modo en que se produce y consume la información, y puede distorsionar incentivos periodísticos y políticos.
Para el público chileno, el asunto no es sólo exótico. La volatilidad de los mercados internacionales y la influencia de expectativas sobre eventos geopolíticos, como las tensiones entre Estados Unidos e Irán que han afectado Wall Street, tienen impactos reales en inversionistas chilenos y en el precio de materias primas que afectan a la economía local. En Chile no existe un mercado de predicciones de alcance masivo comparable al estadounidense, y la discusión normativa sobre estos instrumentos aún es incipiente. Eso deja una ventana para aprender de los errores y aciertos extranjeros, y para plantear desde ahora salvaguardias sobre transparencia y protección al usuario.
El debate combina técnica y cultura: por un lado, son mercados que, en teoría, agregan información y asignan precios a expectativas. Por otro, son vitrinas de la incertidumbre colectiva, donde lo público se comercializa y donde el espectáculo mediático se mezcla con la apuesta financiera. El futuro de estas plataformas dependerá de decisiones regulatorias en Estados Unidos, del escrutinio de medios y académicos, y de si la sociedad acepta que la curiosidad sobre lo imprevisible se convierta en un activo financiero. Para Chile, la lección es clara, y urgente: no basta observar, hay que pensar cómo regular y cómo proteger a quienes, desde aquí, pueden verse arrastrados por una lógica global que transforma lo incierto en negocio.
