La guerra en Ucrania entra en su quinto año y los drones han pasado de complementar operaciones a dominarlas en la línea de frente. Militares y autoridades ucranianas citadas en informes sostienen que los vehículos aéreos no tripulados, desde cuadricópteros comerciales hasta municiones que se buscan y se posan, generan la mayor parte del daño y la vigilancia en sectores activos.
El cambio no es solo cuantitativo, es tecnológico. Analistas y combatientes describen la creación de una «zona de muerte» que puede extenderse hasta 20 kilómetros desde la primera línea, debido a la vigilancia continua desde el aire. Las piezas pesadas, como tanques y artillería lenta, se vuelven objetivos fáciles contra redes de drones, obligando a tácticas de pequeñas patrullas, movimiento rápido y mayor dependencia de la tecnología para reabastecer y evacuar.
La conectividad es la pieza clave, y ahí aparecen tres factores en tensión. Primero, la guerra electrónica, la práctica de interferir e interceptar señales, ha hecho obsoletas muchas conexiones por radio. Segundo, Rusia ha usado drones guiados por cables de fibra óptica ultrafinos para evitar el bloqueo electrónico, una táctica que deja rastro físico en campos y ciudades. Tercero, las alternativas satelitales, en particular Starlink, han permitido mantener enlaces de datos cuando las redes terrestres fallan.
Starlink es el servicio de internet satelital de SpaceX, la empresa aeroespacial de Elon Musk. En Ucrania ha facilitado el control remoto de vehículos y el intercambio de imágenes en tiempo real, pero también ha abierto un debate sobre la dependencia de capacidades privadas en un conflicto armado. La presencia de empresas comerciales en roles tácticos plantea preguntas sobre responsabilidad, control de exportaciones y la frontera entre ayuda civil y apoyo militar.
La inteligencia artificial acelera esta transformación. Modelos de visión y navegación permiten drones más autónomos, mejor identificación de objetivos y coordinación entre plataformas. Eso desplaza el enfoque hacia la guerra de sistemas: comunicaciones resistentes, contramedidas electrónicas y defensa contra misiones autónomas.
Reacciones internacionales incluyen mayor atención a controles de exportación de tecnologías duales, programas de asistencia para defensa de aliados y debates sobre la regulación del espacio satelital. También surge tensión diplomática por el papel de empresas tecnológicas que operan en teatros de guerra.
Qué importa para Chile y la región. Primero, la lección operativa: países con largas fronteras y zonas remotas, como Chile, deben evaluar vulnerabilidades y opciones de defensa contra drones, desde medidas de detección hasta contramedidas no cinéticas. Segundo, la conectividad satelital ya es una realidad en territorios aislados de Chile, donde Starlink y otros servicios ofrecen banda ancha, pero implican desafíos regulatorios para la Subsecretaría de Telecomunicaciones, y temas fiscales sobre servicios importados.
Tercero, la economía y la industria tecnológica latinoamericana enfrentan presiones sobre exportaciones de componentes y software con uso dual, por lo que se necesita equilibrio entre innovación y controles internacionales. Cuarto, sectores civiles relevantes en Chile, como minería, salmonicultura y respuesta a desastres, pueden aprovechar drones y satélites, pero deben incorporar estándares de ciberseguridad y planes de resiliencia ante interferencias.
En síntesis, el frente ucraniano muestra que la próxima gran transformación en seguridad será tecnológica, no solo logística. Para Chile la pregunta es práctica: cómo regular y aprovechar estas herramientas sin quedar expuestos, y cómo construir doctrina y capacidad industrial que responda a una guerra que ya no se libra solo con blindados, sino con algoritmos, constelaciones de satélites y redes de comunicación resistentes.
