La confianza excesiva en planes y pronósticos funciona como un impuesto invisible: no aparece en la planilla, pero encarece plazos y presupuestos. En la práctica, se traduce en proyectos que se atrasan, costos que se disparan y equipos que terminan rehaciendo trabajo.
La paradoja es conocida. A nivel social hay desconfianza hacia instituciones y datos, pero cuando una empresa decide invertir suele primar el optimismo. Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía 2002, lo explicó con claridad: tendemos a creer que controlamos más de lo que controlamos y que esta vez será distinto. Esa expectativa genera estimaciones demasiado optimistas y subestima riesgos.
¿Cómo se materializa ese impuesto? Se reduce la holgura, que son los colchones de tiempo y presupuesto; se postergan pruebas y controles; y se debilitan revisiones independientes. En vez de proteger la decisión, las prisas la dejan desprotegida. Es como confiar ciegamente en el GPS y no mirar el camino, hasta que descubres que la ruta estaba cerrada.
Por qué importa para Chile. Para inversionistas y directorios chilenos, retrasos y sobrecostos significan menos retornos y una menor confianza en la capacidad de ejecución. Para las empresas, implican desgaste del equipo, reputación más débil y más dificultad para obtener financiamiento o socios estratégicos. En última instancia, esos costos pueden terminar repercutiendo en precios para clientes o en utilidades menores para accionistas.
Qué pueden hacer las empresas. El buen gobierno corporativo, que es el conjunto de reglas y prácticas que orientan la dirección y control de una empresa, y el compliance, entendido como un sistema de cumplimiento e integridad, no existen para frenar proyectos, sino para elevar su calidad. Algunas medidas concretas:
Pedir evidencia y datos históricos, comparar con proyectos similares, no con el mejor caso imaginable. Aplicar pre-mortem, una técnica donde el equipo imagina que el proyecto fracasó y enumera por qué, para descubrir riesgos ocultos. Reservar holguras explícitas en tiempo y presupuesto, y tratar esas reservas como no negociables. Hacer pruebas piloto y etapas con criterios de salida claros antes de escalar. Mantener revisiones independientes y auditorías tempranas, no solo al final. Fomentar una cultura donde decir "no" a un plan mal sustentado sea aceptado por el directorio y la gerencia.
Perspectiva. Reducir este impuesto invisible no es cuestión solo de herramientas, sino de disciplina y cultura. Para los directorios y gerentes en Chile, la señal es clara: invertir en gobernanza y en sistemas de cumplimiento bien entendidos es invertir en menos sorpresas y en proyectos que realmente entregan valor. Con pasos sencillos y una dosis de escepticismo metodológico, se puede bajar el costo de la confianza mal calibrada.
