Primero fue la acusación constitucional. Luego, una disputa pública entre partidos aliados. Y al final, una declaración de diputado que encendió los ánimos. En menos de dos semanas, el bloque oficialista ha protagonizado una seguidilla de roces que La Moneda observa con creciente inquietud.

El primer episodio enfrentó a republicanos y Renovación Nacional en torno a la acusación constitucional contra Nicolás Grau, exministro del gobierno anterior de Gabriel Boric. El siguiente llegó desde la Unión Demócrata Independiente (UDI): el partido se enfrentó al Partido Republicano, encabezado por el senador Arturo Squella, tras las declaraciones del diputado Agustín Romero sobre la presidenta Evelyn Matthei. Dos frentes abiertos en pocos días, en un bloque que se suponía debía gobernar unido.

Desde el Ejecutivo, el biministro Claudio Alvarado, quien ocupa simultáneamente dos carteras de gobierno, salió a calmar las aguas. Aseguró que La Moneda siempre buscará que sus huestes se ordenen. Pero en la interna saben que las palabras no bastan cuando la tensión tiene raíces más profundas.

El gobierno carga, además, con un calendario legislativo exigente. Debe despachar la Ley de Reconstrucción, avanzar en el proyecto del Registro Único de Vándalos, acelerar las expulsiones de extranjeros en situación irregular y mejorar los índices de aprobación. Todo eso requiere votos. Y los votos requieren unidad.

Dentro del Partido Republicano reconocen incomodidad con lo ocurrido. No hay un reproche formal a Romero, pero la propia directiva del partido aclaró que sus dichos no representan ni a la bancada ni a la mesa directiva. El deslinde no es reprimenda, pero confirma que las grietas son reales.

La aprobación ciudadana, saben en La Moneda, no se consigue con declaraciones de unidad sino con resultados concretos. El primer examen llegará cuando el Congreso vote los proyectos que hoy esperan en tabla.