Todas las personas generan una identidad digital, incluso quienes creen que "no usan mucho internet". Basta con usar un teléfono, pagar con tarjeta, descargar una app o registrarse en un sitio web para dejar rastros que se acumulan con el tiempo, y que hoy alcanzan a buena parte de la población mundial, según el informe Digital 2025 de DataReportal (We Are Social y Hootsuite). En ese informe se indica que 5.560 millones de personas usaron internet en 2025, equivalente al 67,9% de la población global.
La identidad digital no se reduce a un RUT, una contraseña o un correo electrónico. Incluye hábitos de consumo, horarios, dispositivos, ubicaciones aproximadas y patrones de uso. Son datos que entregamos con frecuencia porque parecen necesarios para acceder a un servicio, pero su valor crece cuando alguien sabe interpretarlos. Edgardo Fuentes Cáceres, director de Ingeniería en Ciberseguridad de la Universidad Andrés Bello, ha señalado que esa acumulación es lo que define hoy nuestra presencia en línea.
El riesgo se hace visible cuando esa información se usa de formas que no imaginamos. Según registros públicos y análisis de la industria que monitorea filtraciones, en 2024 se registraron más de 6.670 brechas que expusieron alrededor de 16.800 millones de registros. Además, diversas firmas de seguridad reportan un aumento notable de ataques que explotan identidades digitales y de campañas de ingeniería social.
No siempre se trata de ataques sofisticados. Muchas brechas provienen de bases de datos mal protegidas, aplicaciones que piden permisos innecesarios o cuentas antiguas sin eliminar. A eso se suma el factor humano: en gran parte de los incidentes hay interacción cotidiana con mensajes o enlaces engañosos, y en una proporción importante de filtraciones interviene algún error o descuido humano, según informes de ciberseguridad.
Los delincuentes combinan fragmentos de información obtenidos en distintos lugares para crear perfiles precisos. Con esos perfiles es más fácil diseñar correos que parecen legítimos, llamadas que conocen nuestros servicios o mensajes que buscan generar confianza. Casos recientes ilustran esa realidad: el club brasileño Flamengo informó un acceso no autorizado a su infraestructura digital durante la ida de la Recopa Sudamericana, y Microsoft reconoció un error que expuso correos electrónicos confidenciales a su asistente de inteligencia artificial Copilot, lo que muestra que tanto organizaciones como plataformas tecnológicas son vulnerables.
Para una persona en Chile, esto tiene implicaciones concretas. No se trata de vivir con miedo, sino de adoptar prácticas que reduzcan la exposición. Entre las medidas más efectivas están activar la autenticación de dos factores (2FA) en servicios bancarios y correos, usar un gestor de contraseñas para evitar repetir claves, revisar y limitar permisos de aplicaciones, eliminar cuentas antiguas que ya no se usan, y activar notificaciones en la banca para detectar movimientos no autorizados. También es útil revisar periódicamente la configuración de privacidad en redes sociales y suscripciones.
Las empresas y el Estado tienen rol clave: deben proteger bases de datos, aplicar controles de acceso, ofrecer transparencia cuando ocurre una filtración y capacitar a usuarios. La regulación y la supervisión también importan: los estándares de seguridad y las auditorías reducen riesgos sistémicos.
Entender la identidad digital ayuda a tomar decisiones cotidianas más seguras. No existe la privacidad absoluta, pero sí hay pasos prácticos que cada persona puede aplicar para reducir su huella vulnerable. La responsabilidad es compartida: usuarios informados, empresas que protejan datos y autoridades que exijan estándares. Solo así esa huella dejará de ser una ventaja para los delincuentes y pasará a ser un espacio más seguro para la vida digital de las personas.