En las últimas semanas en Chile se ha observado la aparición y circulación creciente de lo que en la calle se conoce como “cera”, un concentrado de cannabis de textura viscosa que, según expertos y estudios sobre concentrados, puede alcanzar porcentajes de THC muy superiores a los de la flor tradicional. No existe aún un registro nacional público que cuantifique su uso, por lo que la evidencia local es preliminar y proviene de observaciones clínicas, reportes urgentes y análisis forenses aislados.

La transformación del cannabis en concentrados es parte de una tendencia global documentada desde hace años. Estudios analíticos han mostrado que la potencia promedio del cannabis ha aumentado desde niveles del 3% al 4% en la década de 1970 hasta promedios por sobre el 15% o 20% en flores modernas (ElSohly y colaboradores, Biological Psychiatry, 2016). Los concentrados, fabricados mediante extracción con solventes, pueden concentrar el tetrahidrocannabinol o THC, el principal componente psicoactivo, hasta porcentajes que superan el 70% en algunos informes internacionales y forenses (Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, UNODC, informes técnicos).

Este aumento de potencia no es solo una cuestión de dosis. La administración de concentrados permite entregar grandes cantidades de THC en segundos, lo que puede sobrepasar los mecanismos reguladores del cerebro y aumentar la probabilidad de efectos adversos agudos. La literatura científica asocia el consumo frecuente de cannabis de alta potencia con mayor riesgo de desarrollar episodios psicóticos y empeoramiento de síntomas en personas vulnerables (Di Forti et al., Lancet Psychiatry, 2019). Además, a nivel agudo se han descrito crisis de ansiedad, pánico, paranoia, despersonalización, desorientación, y alteraciones cardiovasculares como taquicardia y variaciones de la presión arterial (revisión de evidencia de la Organización Mundial de la Salud, OMS).

Un riesgo adicional proviene del proceso de fabricación. La “cera” se obtiene generalmente usando solventes orgánicos como butano, hexano u otros compuestos inflamables. Si los residuos de solventes no se eliminan adecuadamente, pueden quedar trazas tóxicas en el producto final. También hay documentados peligros de incendios y explosiones durante extracciones caseras con butano, con lesiones severas a quienes las intentan (Centers for Disease Control and Prevention, CDC, Estados Unidos). Estudios en toxicología han encontrado residuos de solventes y adulterantes en algunos concentrados que aumentan el riesgo de toxicidad adicional (revistas de análisis forense y toxicología).

Para Chile esto plantea desafíos concretos. Servicios de urgencia y de salud mental podrían ver un aumento de consultas por cuadros agudos relacionados con concentrados, y el sistema de prevención y tratamiento, liderado por el Servicio Nacional para la Prevención y Rehabilitación del Consumo de drogas y Alcohol (SENDA) y el Ministerio de Salud (MINSAL, Ministerio de Salud de Chile), deberá adaptar mensajes y recursos. No existen aún cifras públicas que muestren tendencia nacional sobre la “cera”; por eso es urgente fortalecer la vigilancia toxicológica y epidemiológica.

Frente a esto, las medidas que recomiendan expertos y la evidencia internacional incluyen reforzar la vigilancia de sustancias en laboratorios forenses, implementar protocolos de testeo de potencia y residuos de solventes, capacitar a equipos de urgencia en el manejo de intoxicaciones por cannabinoides concentrados, y lanzar campañas informativas basadas en evidencia dirigidas a jóvenes y familias. También es necesario ampliar la oferta de tratamiento y apoyo para personas con consumo problemático, y establecer canales claros para reportes y análisis de nuevas sustancias. Estas acciones deberían coordinarse entre MINSAL, SENDA, servicios de urgencia y laboratorios de salud pública.

Es importante precisar que la relación entre consumo de concentrados y daño no significa que todas las personas que usan desarrollarán problemas; la evidencia muestra asociaciones poblacionales y mayor riesgo en usuarios frecuentes y en personas con vulnerabilidad psiquiátrica previa. Por eso las respuestas deben combinar prevención, información sin alarmismos y fortalecimiento del sistema de salud para detectar y tratar los efectos adversos.

La aparición de la “cera” en Chile obliga a dejar de asumir la inocuidad de lo “natural” y a reconocer que nuevas formas de presentación traen riesgos distintos. La política pública debe basarse en vigilancia científica, regulación cuando corresponda, y campañas de comunicación claras, para que las familias y las personas jóvenes entiendan los peligros y accedan a ayuda cuando la necesiten.

Fuentes principales: ElSohly MA et al., Biological Psychiatry, 2016; Di Forti M et al., Lancet Psychiatry, 2019; UNODC World Drug Report y documentos técnicos sobre potencias; Organización Mundial de la Salud, revisiones sobre cannabis; Centers for Disease Control and Prevention, informes sobre extracciones con butano. Además, recomendaciones prácticas de SENDA y MINSAL para prevención y tratamiento deben considerarse en la respuesta nacional.