Un chileno que observa la curiosidad de China por las tradiciones de su tierra. Hace casi diez años, Beto Yurisic, originario de Chile, decidió viajar a China y se quedó tras enamorarse del país y de su esposa. En ese periodo trajo un organillo desde Chile para iniciar el oficio de organillero, una vocación que en su país suele evocar nostalgia y memoria, pero que en China despierta otra conversación. Allí las personas, curiosas, preguntan de dónde proviene el sonido y cómo funciona el instrumento, mientras los niños se acercan atraídos por la música, las burbujas y los remolinos que acompañan a la melodía. En China, señala, la experiencia es vista más como novedad que como recuerdo, y esa novedad se convierte en puente entre culturas.
El chileno aprendió el oficio junto a familias de organilleros y chinchineros y mantiene un vínculo estrecho con cultores en Chile. Según su relato, la escena china le dio a entender que la fragilidad de lo antiguo puede convertirse en una curiosidad compartida y en una puerta para entender el mundo. Incluso, recuerda, durante las visitas que realiza a través de encuentros internacionales, la gente pregunta por la procedencia del instrumento y la manera en que se construye cada pieza. Las cosas antiguas buenas no deben morir, afirma como motor de su proyecto personal.
A pesar de la distancia, Yurisic mantiene vínculos con su país y con comunidades chilenas que practican esta tradición. En noviembre volverá a Chile para ser parte del Festival Internacional de Organilleros y Chinchineros en Valparaíso, evento que reúne a portadores de estas técnicas y que, para él, simboliza la continuidad de una práctica que cruje entre lo antiguo y lo contemporáneo. Según el propio artesano, su paso por China ha reforzado la idea de que el folclor puede viajar sin perder su esencia y que Chile tiene mucho que aportar a una escena global de expresiones musicales populares.
