La criptorquidia, conocida como testículo no descendido, es una de las anomalías congénitas pediátricas más frecuentes y requiere diagnóstico oportuno, según explicó recientemente Raúl Ramirez Martínez, urólogo pediátrico de Clínica INDISA. El especialista añadió que la distinción temprana entre una condición que se resolverá sola y una que necesita cirugía es clave para evitar problemas futuros.

La criptorquidia ocurre cuando uno o ambos testículos no completan su descenso desde el abdomen hasta el escroto durante el desarrollo fetal. Normalmente ese descenso se da en los últimos meses de gestación. Según el urólogo, afecta aproximadamente al 3-5% de los recién nacidos a término y puede llegar hasta un 30% en los prematuros, lo que equivale a cerca de tres de cada cien bebés a término y casi uno de cada tres en bebés prematuros.

Entre los factores que aumentan la probabilidad están la prematuridad, el bajo peso al nacer (menos de 2,5 kg), antecedentes familiares y ciertos síndromes genéticos. Los testículos suelen descender alrededor de las 35 semanas de gestación, por eso los bebés prematuros corren más riesgo: es como si el proceso se apurara hacia el final del embarazo y no alcanzara a completarse.

El diagnóstico comienza con un examen físico completo. Es importante diferenciar la criptorquidia del testículo retráctil, que se mueve entre el escroto y el canal inguinal y normalmente termina descendiendo sin cirugía. Para ubicar testículos no palpables se usa el ultrasonido testicular, que es una ecografía para localizar tejido, y en casos complejos se recurre a la laparoscopía diagnóstica, que utiliza una cámara pequeña para ver dentro del abdomen.

Si el testículo no desciende de forma permanente, el principal riesgo a largo plazo es el cáncer testicular, con un aumento estimado de 4 a 10 veces respecto de la población general. También puede haber problemas de fertilidad por un desarrollo testicular inadecuado, mayor riesgo de torsión testicular, y hernias inguinales asociadas. En palabras sencillas, dejar un testículo fuera del escroto es como dejar un motor expuesto a temperaturas que no son las óptimas: su funcionamiento futuro puede verse comprometido.

El tratamiento definitivo es la orquidopexia, la cirugía para bajar y fijar el testículo en el escroto. La mayoría de las guías médicas recomiendan realizar la intervención entre los 6 y 12 meses de vida, porque operar antes reduce el daño al tejido y mejora las probabilidades de fertilidad futura. Si a los 3 meses el testículo no ha descendido, es recomendable la derivación a un especialista para seguimiento.

Existen terapias hormonales que buscan inducir el descenso, pero su eficacia es limitada y su uso es cada vez menos frecuente frente a la evidencia que favorece la corrección quirúrgica temprana. La orquidopexia es una operación de rutina en manos de equipos pediátricos, con recuperación rápida y baja tasa de complicaciones.

Para los padres esto significa que las revisiones neonatales y los controles en los primeros meses son esenciales. Si notas que el escroto no está lleno o el pediatra dice que el testículo no está en su lugar, la acción rápida no es un exceso: mejora las opciones de salud a largo plazo. A futuro, los niños que han sido tratados requieren seguimientos médicos periódicos para vigilar la función testicular y detectar signos tempranos que puedan necesitar evaluación adicional.