Un grupo de trabajadores de recolección de residuos en Ankara, la capital de Turquía, recogió cientos de libros que aparecían en los tachos y los transformó en una biblioteca comunitaria. La idea la impulsó el recolector Durson Ipek, y la iniciativa fue organizada por los propios trabajadores con apoyo logístico de Sema Keskaya, jefa de recursos humanos del proyecto. Tras clasificar unos 200 títulos según su estado y temática, solicitaron un espacio al municipio y el alcalde de Çankaya, Alper Tasdelen, cedió una vieja fábrica de ladrillos perteneciente al Departamento de Sanidad del municipio para montar la colección.

Ankara, con más de cinco millones de habitantes, concentra grandes volúmenes de residuos urbanos y archivos descartados: textos escolares, libros heredados que nadie reclamó y ejemplares abandonados durante mudanzas. El proyecto pone en tensión dos problemas urbanos comunes, el manejo de residuos y el acceso desigual a la cultura, y propone una respuesta local que vincula dignidad laboral, reutilización y acceso público al saber.

La experiencia, inicialmente pensada para los recolectores y sus familias, ha atraído voluntarios y vecinos que ayudan a clasificar y mantener el espacio. Para los impulsores, la biblioteca no solo evita que esos libros terminen en vertederos, también visibiliza el papel social de quienes trabajan en la cadena de residuos. Según los organizadores, la estación funciona como punto de encuentro y aprendizaje para la comunidad.

A nivel internacional, iniciativas parecidas proliferan en formas distintas, desde las pequeñas cajas de intercambio conocidas como Little Free Library, que promueven el intercambio libre de libros, hasta proyectos que reconvierten fábricas o naves industriales en centros culturales. En todos los casos, hay una combinación de acción ciudadana y colaboración municipal que permite reutilizar patrimonio material y social.

Qué le importa esto a Chile. La experiencia de Ankara ofrece una hoja de ruta concreta para comunas chilenas interesadas en fortalecer la lectura y reducir residuos: integrar a los trabajadores del aseo en proyectos culturales, ceder espacios municipales subutilizados, y promover la recuperación de libros como parte de políticas locales de economía circular y fomento lector. En Chile ya existen bibliotecas públicas y esfuerzos comunitarios por el intercambio de libros; la novedad turca es el protagonismo directo de los recolectores y la reutilización de una fábrica abandonada, dos elementos replicables en barrios periféricos y centros urbanos que buscan alternativas sostenibles al descarte cultural.

La iniciativa no resuelve problemas estructurales como la inequidad en el acceso a materiales educativos o la precariedad laboral de los trabajadores de residuos, pero aporta una solución práctica e inmediata que combina rescate cultural, reciclaje y reconocimiento social. Si los municipios chilenos apoyan propuestas similares, podrían reducir presión sobre los vertederos y ampliar la oferta cultural en comunas con menos bibliotecas.