Una investigación de Bellingcat revela que videos de niños vinculados a las facciones en conflicto en Sudán se han vuelto virales en TikTok, acumulando millones de vistas. Esos menores, a los que medios y usuarios llaman "lion cubs" o cachorros de león, aparecen con uniformes, posando junto a combatientes y altos mandos, celebrando supuestas victorias, pronunciando discursos motivacionales, haciendo amenazas y, en algunos registros, portando armas.

Los materiales examinados por Bellingcat se difundieron desde al menos una docena de cuentas. Los investigadores señalaron 12 perfiles a los mecanismos internos de reporte de TikTok. Tras más de 48 horas sin respuesta, Bellingcat envió un correo con los enlaces para que la plataforma revisara el contenido; como resultado TikTok eliminó siete de las cuentas reportadas. Sin embargo, varias cuentas siguen activas y alojan más de una decena de videos que, según las propias reglas de la plataforma, vulneran las políticas sobre explotación y militarización de menores.

El fenómeno está enmarcado en el conflicto que desde 2023 enfrenta a dos fuerzas rivales en Sudán: las Rapid Support Forces, conocidas por sus siglas RSF, que son una fuerza paramilitar, y las Sudanese Armed Forces, las Fuerzas Armadas sudanesas, es decir el ejército estatal. Expertos en niños soldados advertían a Bellingcat que la visibilidad y popularidad de estos contenidos, que muestran el combate como algo normal y aspiracional, puede facilitar la captación de más jóvenes para la guerra.

El caso remite también a normas internacionales: bajo los Principios de París, a los que Sudán adhiere, un niño soldado se define como una persona menor de 18 años "que ha sido reclutada o utilizada por una fuerza armada o un grupo armado en cualquier capacidad", ya sea que participe directamente en hostilidades o no. Esa definición subraya que la exhibición pública de menores en roles militares constituye, en sí misma, una forma de explotación.

Las voces que emergen del informe ponen el foco en tres responsabilidades: las plataformas que amplifican el material, los actores armados que instrumentalizan la imagen infantil, y la comunidad internacional que debe supervisar el cumplimiento de normas. TikTok actuó sobre parte del contenido tras la petición de Bellingcat, pero el hallazgo pone en tensión la eficacia y rapidez de los mecanismos de moderación automática frente a la viralidad.

¿Qué lecciones deja esto para Chile? Primero, que la regulación y las políticas de las redes deben priorizar la detección y eliminación veloz de contenidos que exploten o normalicen la violencia contra menores. Segundo, que hace falta mayor transparencia en los reportes: las plataformas deben informar con claridad a las autoridades y a la ciudadanía sobre decisiones de moderación. Tercero, prevención y educación digital, desde los colegios hasta las familias, para que adolescentes aprendan a identificar propaganda, manipulación y riesgos de imitación.

En la práctica, las medidas pueden incluir protocolos de notificación rápida entre plataformas y fiscalías, filtros humanos para revisar contenido sensible que los algoritmos no detectan, controles de edad más estrictos, y programas de alfabetización mediática financiados por el Estado. Todo esto con la participación de organizaciones de infancia y medios, porque la vulneración de niños no es solo un problema técnico, es un problema social y jurídico.

En Chile, donde las aplicaciones de video corto forman parte de la vida cotidiana de muchos jóvenes, el informe de Bellingcat debe leerse como una advertencia: la viralidad no es neutra. Lo que se celebra o se vuelve aspiracional en una pantalla puede traducirse en daño real fuera de ella, y la respuesta exige a la vez herramientas digitales, políticas públicas y educación cultural para proteger a las generaciones más jóvenes.