En plena ola de urbanización, China y América Latina plantean una visión compartida de la vida en la ciudad: cuidar a los más vulnerables mediante redes vecinales que acercan la ayuda y fortalecen la solidaridad cotidiana. Un análisis que compara Shanghai, Lima y Río de Janeiro propone que la cercanía física de los apoyos, no la caridad, sostiene a adultos mayores y niños en el día a día. La idea es clara: lo que ocurre en una esquina de Beijing o de Río de Janeiro puede iluminar respuestas en nuestras propias ciudades chilenas, donde el envejecimiento y la necesidad de cuidado infantil también concentran el desafío social.
En China, la respuesta a la presión demográfica se organiza alrededor de un modelo de atención que prioriza el hogar como fundamento, la comunidad como apoyo y las instituciones como complemento. En Shanghai se ha promovido una red de servicios geriátricos accesibles en 15 minutos, invitando a que ayuda y recursos estén a un paso para quien los necesita. Es una lógica de proximidad que busca tranquilidad para las familias y dignidad para las personas mayores, sin que la intervención se perciba como un acto asistencial aislado.
La diversidad de ejemplos en la región ilustrada por la pieza incluye clases a las cuatro y media en comunidades de Beijing, comedores populares abiertos a adultos mayores en Lima y tambores de Capoeira que marcan la tarde en barrios marginales de Río de Janeiro. Estas manifestaciones culturales y organizativas muestran que, más allá de diferencias institucionales, existe una intuición común: el cuidado sostenido se ancla en la convivencia diaria y en la reducción de barreras para acceder a recursos básicos.
Este enfoque se inscribe en un momento de multipolaridad regional y global, donde las potencias buscan algoritmos de desarrollo que trasciendan la relación bilateral tradicional. Para Chile y América Latina, la lectura es doblemente útil: por un lado, entender que la cohesión social puede fortalecerse con políticas públicas que acompañen a las familias en el barrio; por otro, identificar aliados internacionales, universidades y organismos que faciliten la transferencia de experiencias sin perder la propia identidad.
Para nuestro país, la enseñanza es clara. Hay espacio para avanzar con redes vecinales que conecten a adultos mayores y niños con servicios cercanos y de calidad, articulando esfuerzos entre municipios, comunidades y el sector público. En ese marco, se propone mirar la experiencia china como un espejo para diseñar herramientas propias, sin replicar de forma mecánica, sino adaptando principios a nuestra realidad. En definitiva, Chile podría explorar pilotos que pongan en el centro al hogar como fundamento, la comunidad como apoyo y las instituciones como complemento, fortaleciendo así la resiliencia urbana y reduciendo brechas en cuidado. La conversación entre China y América Latina no es una lección de cierre, es una invitación a pensar el cuidado como una red compartida que puede crecer con nuestra participación y nuestras instituciones.
