Stefan Kramer, comediante e imitador chileno, subió al escenario de la Quinta Vergara en la noche inaugural del Festival de Viña del Mar, con su actuación iniciada a las 00.30 después de un retraso de media hora por la logística del evento.
La demora, según fuentes cercanas a la producción, fue producto del itinerario de la jornada: la obertura, la presentación de los jurados, las tandas comerciales y el espectáculo de Gloria Estefan, contratado en una comitiva cuya negociación, como informamos antes, implicó viajes a Miami y un presupuesto cercano a US$11 millones. Ese corrimiento empujó la programación hacia la madrugada, y terminó con Matteo Bocelli, el cantante italiano hijo del tenor Andrea Bocelli, cerrando su set cerca de las 4 de la mañana, lo que generó críticas del público que esperaba desde temprano.
La audiencia que recibió a Kramer era mayoritariamente adulta, gente de entre 40 y 50 años, y la atmósfera fue distinta a la de los shows pensados para un público juvenil. Desde el inicio, el comediante logró risas, pero con una dinámica más reflexiva y pausada que en sus anteriores pasadas por Viña. Su rutina, probada en festivales de verano, incorporó más música y una narración personal donde jugó con la idea de sentirse "obsoleto". Arriesgó con imitaciones de figuras políticas, sin sufrir desaires, y al término del show dijo a su equipo que se sentía conforme con lo presentado.
En redes sociales y entre periodistas hubo comentarios sobre ese nuevo pulso de Kramer: menos vértigo, más construcción y algunos pasajes que buscaron el aplauso más que la carcajada inmediata. Es una transformación que dialoga con un Chile que también parece pedir, en espacios de entretenimiento masivo, relatos con cierto sosiego y memoria.
El contexto de la noche marcó el peso de la puesta en escena: la presencia de artistas internacionales como Gloria Estefan y Matteo Bocelli evidenció la apuesta del Festival por nombres que atraigan audiencias diversas, pero también dejó en evidencia los costos de una programación extensa, donde la espera alimenta críticas y expectativas encontradas.
Tras bajar del escenario, Kramer celebró con su familia en Valparaíso, en una intimidad que contrastó con la escala pública del festival. Ese cierre familiar, simple y contenido, reafirma que su vuelta a Viña no fue un gesto de grandilocuencia, sino la puesta en escena de una carrera que busca matices, diálogo con su público y cierta calma después del bullicio de una madrugada festivalera.
Quedan preguntas abiertas sobre cómo las decisiones de programación y los contratos millonarios influirán en la experiencia del espectador en futuras jornadas; por ahora, la imagen de Kramer en un set más sereno sirve como síntoma del festival: grande, costoso y aún en búsqueda de equilibrio entre espectáculo y repercusión social.