En una entrevista con el diario español La Vanguardia, la periodista, sexóloga y escritora española Mara Mariño afirmó que los entornos digitales están consolidando un modelo de masculinidad que normaliza el consumo de mujeres, tanto reales como virtuales. Según Mariño, herramientas como los deepfakes, los chatbots que sexualizan imágenes mediante inteligencia artificial, y las llamadas “novias digitales” forman parte de una dinámica global que traslada a la red las violencias machistas del mundo offline.

La autora de #S3xpidemia (Loto Azul) sostiene que "se está educando a los hombres para que vean a las mujeres de manera dividida", distinguiendo entre mujeres concebidas para el consumo sexual, y otras que quedan atrapadas en el binomio tradicional "puta o virgen". Esa división, explica, no es un efecto colateral aislado de la tecnología, sino una reproducción de valores culturales que encuentran en las plataformas digitales un amplificador.

En torno a OnlyFans, Mariño observa que la plataforma se ha reposicionado como una red social bajo la categoría de "creadoras de contenido", aunque en la práctica sigue siendo mayoritariamente un mercado donde se comercializan cuerpos de mujeres. Advierte además sobre la desigualdad económica dentro del sitio: el 10% de las creadoras concentra cerca del 70% de los ingresos, mientras la mayoría obtiene ganancias mensuales bajas. La escritora añade que la huella digital es otra consecuencia silenciosa, porque muchos contenidos se filtran fuera de la plataforma y pueden afectar la vida laboral futura de las mujeres.

Los testimonios concretos ayudan a entender ese costo: como contó la influencer Dai Hernández a Infobae, la experiencia en OnlyFans puede incluir problemas de salud mental y consumo de alcohol para enfrentar transmisiones en vivo, además de estigmas y silencios profesionales. Ese lado B conecta con la alerta de Mariño sobre la precarización femenina en las economías digitales.

Mariño vincula también la llamada "soledad masculina" con relatos reaccionarios que pintan al feminismo como responsable de una pérdida de "derechos" sentimentales. En ese relato crece el llamado al "solucionismo tecnológico": avatares hipersexualizados y bots programados para complacer, disponibles las 24 horas y pensados como respuesta al malestar afectivo masculino, pero funcionando bajo la lógica del consumo.

Para el lector chileno, estas observaciones resuenan con debates locales sobre trabajo sexual digital, privacidad y empleo juvenil. En Chile, como en otros países de la región, la expansión de plataformas que monetizan cuerpos plantea preguntas sobre protección laboral, derechos digitales y formación en afectividad y consentimiento. No se trata sólo de regular una app, sino de mirar cómo se forman las masculinidades en un paisaje cada vez más tecnificado.

El diagnóstico de Mariño exige, por tanto, un entrelazado de políticas públicas y cambios culturales: medidas que protejan la privacidad y la trayectoria laboral de las creadoras, programas de educación sexual que aborden consumo y consentimiento en entornos digitales, y una discusión pública sobre cómo las tecnologías reconfiguran las relaciones de poder entre géneros. Si la tecnología amplifica normas, la respuesta no puede quedarse en la tecnocracia; debe incluir a las comunidades, al activismo y a la educación.

La advertencia final de Mariño es clara y concreta: no basta señalar nuevas herramientas, hay que interrogar los modelos de deseo y poder que esas herramientas reproducen. Para Chile, eso obliga a poner en la agenda el impacto cultural de plataformas como OnlyFans y las implicancias de la inteligencia artificial en la intimidad, antes de que las prácticas se conviertan en norma inmutable.