A poco de iniciado marzo, docentes y equipos de salud mental en colegios de todo Chile reportan reacciones entre alumnos tras la implementación del llamado Modo Aula, la norma que limita el uso de teléfonos móviles durante la jornada escolar. La medida, derivada de la modificación a la Ley General de Educación, puso el foco en convivencia y aprendizaje, pero también abrió el debate sobre efectos psicológicos inmediatos en estudiantes acostumbrados a una conexión permanente.

Néstor González, académico del Departamento de Psicología y coordinador del Centro de Atención Psicológica y Salud Integral (CAPSI) de la Universidad de La Serena, explicó que una reducción abrupta del uso del celular puede provocar lo que la literatura llama síntomas de abstinencia digital, también conocidos en inglés como withdrawal. El concepto se refiere a reacciones psicológicas y conductuales que ocurren cuando se interrumpe una conducta reforzada, similar a la privación de cualquier fuente habitual de recompensa.

El académico detalló que entre los signos más frecuentes aparecen irritabilidad, ansiedad y dificultad para concentrarse, que suelen ser más marcados durante las primeras horas o días. Explicó que el cerebro, y en particular el sistema dopaminérgico, busca la recompensa que el dispositivo entregaba de forma constante; eso produce malestar, como cuando alguien espera un estímulo al que estaba habituado. El sistema dopaminérgico es la red cerebral que regula la sensación de recompensa y motivación.

Otros profesionales citados en la discusión, sin nombre en todos los reportes, agregan experiencias concretas que los profesores están viendo en el aula: aburrimiento intenso, pensamientos recurrentes sobre el teléfono, revisar de forma automática el bolsillo o la mochila, la sensación de vibración fantasma, y una baja tolerancia a la frustración. La sensación de vibración fantasma es la percepción errónea de que el teléfono está vibrando, algo relativamente común en usuarios frecuentes.

El impacto no es uniforme. Según los expertos, la intensidad depende de la edad, de patrones previos de uso, y de si existen problemas de salud mental subyacentes. Alumnos con uso problemático o conductas cercanas a una adicción al smartphone pueden mostrar reacciones más pronunciadas. En términos prácticos, eso significa que algunas salas verán más inquietud y peor concentración durante días o semanas, mientras otras se ajustarán con menos dificultades.

Para las comunidades escolares, esto plantea desafíos concretos: no basta con retirar los dispositivos, hace falta acompañamiento. Los especialistas recomiendan preparar a estudiantes con actividades alternativas que ofrezcan refuerzos inmediatos, enseñar habilidades sociales y de autorregulación, y coordinar con salud mental escolar para monitorear a quienes muestran signos de mayor malestar. Estas son medidas de contención, no tratamientos mágicos.

Queda por ver cómo se traducirá esto en protocolos oficiales. El Ministerio de Educación de Chile, conocido como MINEDUC, y el Ministerio de Salud de Chile, conocido como MINSAL, tendrán un papel profesional en orientar y apoyar a los establecimientos, según coinciden pedagogos y psicólogos. En la práctica, las comunidades escolares deberán decidir si aplican una transición gradual, si incorporan formación sobre uso responsable de la tecnología, y qué mecanismos de apoyo ofrecerán a alumnos y familias.

En perspectiva, la discusión muestra que una política pública sobre tecnología en la escuela tiene dos caras: mejora potencial de la atención y la convivencia, y la necesidad de planes de acompañamiento para manejar efectos transitorios en la salud mental. Monitorear, informar y ajustar serán los pasos que determinarán si el Modo Aula cumple sus metas sin dejar rezagos en el bienestar estudiantil.