En Perú, el 20 de febrero conviven conmemoraciones locales y globales que mezclan memoria, tradición y vida cotidiana.
Ese día nació en 1919 Luis Bedoya Reyes, abogado y dirigente político peruano, fundador del Partido Popular Cristiano. A lo largo de su vida ocupó cargos relevantes —según registros públicos— y participó en la Asamblea Constituyente de 1978; su biografía se asocia a la defensa de valores democráticos y a la construcción de partidos de centro.
También se celebra el Día del Emoliente y de bebidas andinas como la quinua, la maca y la kiwicha. La fecha busca revalorizar infusiones y granos ancestrales, y las actividades públicas suelen mostrar su preparación, explicar sus propiedades nutricionales y reivindicar su lugar en la dieta tradicional. Estos productos forman parte del legado andino que comparte la región, incluyendo zonas del altiplano chileno donde la quinua y otros cultivos andinos son parte de la agricultura local.
En Puno, en el distrito de Caracoto, se realiza el tradicional Pago a la Pachamama, ceremonia agrícola de gratitud que coincide con la temporada de carnavales. Comuneros recorren las chacras, renuevan ofrendas y reafirman la vinculación entre la tierra y las comunidades. La ceremonia es una práctica colectiva que recupera saberes sobre reciprocidad y cuidado del territorio.
A escala global, el 20 de febrero es además el Día Mundial de la Justicia Social, proclamado por las Naciones Unidas, la organización internacional que agrupa a la mayoría de países del mundo y que impulsa políticas para reducir las desigualdades. Es también el Día Internacional del Gato, una jornada dedicada a promover la adopción responsable y la tenencia cuidadosa de felinos.
Estas celebraciones adquieren un matiz particular en un contexto político agitado. Como informamos en notas recientes, el Congreso peruano destituyó a José Jerí y nombró a José María Balcázar presidente interino, un proceso que forma parte de una inestabilidad política más amplia. En ese marco, las conmemoraciones culturales y los rituales comunitarios funcionan a la vez como espacios de memoria y como anclajes sociales que mantienen vínculos y prácticas frente a la incertidumbre.
Para el lector chileno, estas fechas muestran cómo las expresiones culturales andinas trascienden fronteras. El emoliente y los granos andinos forman parte de una matriz de saberes compartidos en el altiplano, y el Pago a la Pachamama resuena con prácticas de ofrenda y cuidado de la tierra que existen en comunidades andinas de Chile y Perú. En tiempos de convulsión política, esas tradiciones recuerdan la persistencia de formas de cuidado colectivo y de memoria histórica.
