Durante más de una semana las redes sociales hablaron de los llamados therians, una supuesta subcultura de personas que se identifican con especies animales, y el sábado convocatorias en plazas de varias ciudades españolas congregaron a curiosos y a prensa. En Madrid, la expectación se concentró en la Puerta del Sol, pero quienes habían ido a verla encontraron sobre todo periodistas y espectadores, no a los autodenominados therians.

Los intentos de encuentro se replicaron en localidades como Ávila, Salamanca y Segovia, donde medios locales reportaron el fracaso de las convocatorias. En algunos puntos aparecieron militantes de Vox, el partido de extrema derecha español, con carpas y cánticos que mezclaron la curiosidad con consignas políticas. Varios presentes se preguntaban en voz alta por qué se vinculaba el fenómeno con figuras nacionales, “¿Y qué tiene que ver Pedro Sánchez con todo esto?”, en referencia a Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España.

En redes sociales, imágenes y vídeos de perfiles de TikTok e Instagram se difundieron con rapidez, y los algoritmos amplificaron el interés. La sensación de rareza, alimentada por titulares y programas de televisión, actuó como combustible para rumores y exageraciones que terminaron expulsando a la realidad empírica: en muchos casos no había base verificable para las concentraciones anunciadas.

Lo que emergió con fuerza, más que la subcultura en sí, fue una dinámica conocida en episodios anteriores en América Latina, donde pánicos morales similares comenzaron por una mezcla de bulos y amplificación mediática. En Argentina y en México, episodios parecidos terminaron por situar a las personas trans como chivos expiatorios en debates públicos, según reportes y denuncias de organizaciones defensoras de derechos humanos.

En las plazas se escucharon voces que buscaban la confrontación, con insultos y amenazas. Una frase que circuló en videos de la Puerta del Sol ilustra el tenor de algunos comentarios, “¿Dónde están los therians, tío? Que ganas dan de patearlos”. Esas expresiones, aunque no representen a la mayoría de la gente presente, muestran el riesgo inmediato: la fabricación de un enemigo social sobre la base de caricaturas y desinformación.

Periodistas y analistas consultados por diversos medios han señalado que la combinación de morbo, interés político y diseño algorítmico puede fabricar noticias a partir de nada. Queda, sin embargo, una tarea pendiente de verificación: numerosas imágenes y cifras difundidas no estaban contrastadas y varias convocatorias carecían de organizadores claros.

El episodio deja lecciones para el debate público español y para el ecosistema informativo en general. Primero, la facilidad con que se transforma una anécdota en amenaza colectiva. Segundo, la constatación de que actores políticos de extrema derecha pueden instrumentalizar estos fenómenos para alimentar un discurso anti-woke y de supuesta decadencia moral. Y tercero, el coste real sobre personas trans y otros grupos vulnerables, que ya han sido objeto de estigmatización en episodios parecidos en Latinoamérica. La pregunta que queda es cómo los medios y las plataformas van a responder para frenar la circulación de bulos y proteger a quienes quedan expuestos por estas narrativas.