En una columna reciente, José Tomás Valente, CEO de Betterplan, puso en palabras lo que muchos sienten cuando el peso se aprecia: tranquilidad temporal. Valente comparó el efecto con un analgésico, que quita el dolor pero no repara la lesión, y advirtió que la fortaleza de la moneda puede ocultar fallas profundas en la economía chilena.
Cuando el peso sube, el dólar baja y varias cosas cambian rápido para el bolsillo: las importaciones se abaratan, los insumos y bienes electrónicos suelen bajar de precio, y la inflación tiende a recibir un respiro. También mejora la foto para el IPSA, que es el Índice de Precios Selectivo de Acciones, el principal indicador de la Bolsa de Santiago, y la Unidad de Fomento, UF, deja de dominar las noticias financieras por unos días. Pero ese alivio no es lo mismo que una solución estructural.
La mecánica es sencilla, y conviene entenderla si tienes gastos en dólares o si vendes productos afuera. Un peso más fuerte reduce el costo de comprar desde el exterior, como cuando compras un electrodoméstico importado. Para las empresas, baja el costo de los insumos importados, pero también puede apretar a los exportadores, porque reciben menos pesos por cada dólar vendido. Para el consumidor, la ventaja es inmediata; para la economía en conjunto, depende de cuánto dure ese movimiento cambiario.
Valente recuerda que muchas de las fuerzas que empujan al peso no dependen de Chile. El precio del cobre, que es el principal exportable chileno, la apetencia global por riesgo o reacomodos de portafolios internacionales pueden empujar el peso arriba o abajo sin previo aviso. Esa dependencia externa convierte la apreciación en un viento de cola, útil para avanzar, pero frágil si el plan de estabilización confía solo en ese viento.
Hay un riesgo político evidente: cuando el dólar baja y la inflación afloja, se vuelve fácil instalar la narrativa de que “ya estamos bien”. Pero una moneda temporalmente fuerte no sustituye finanzas públicas en orden, ni una agenda clara de productividad, ni una mejora en la rapidez para otorgar permisos, ni más competencia en mercados concentrados. Es como celebrar que dejaste de toser por un día sin ir al médico: puede volver.
¿Qué significa esto para las decisiones públicas y privadas? Para los hogares, aprovechar la caída de precios de bienes importados tiene sentido, pero conviene mirar a mediano plazo y no endeudarse por consumo discrecional esperando que el tipo de cambio siga así. Para las empresas, es momento de revisar contratos en dólares, planificar cobertura cambiaria cuando corresponda, y evaluar si la reducción de costos se invierte en productividad o en ganancias temporales.
En términos de política, la lección que sugiere Valente es clara: celebrar las buenas noticias con prudencia y usar el espacio fiscal que pueda abrir un mejor precio del cobre o un peso más fuerte para avanzar en reformas estructurales. Eso incluye ordenar finanzas públicas, acelerar la mejora de permisos y trámites, mejorar la competencia en mercados clave y apostar por capital humano y productividad. Esas medidas, a diferencia del tipo de cambio, sí sostienen el crecimiento en el largo plazo.
Si la apreciación del peso es el analgésico, la receta que queda sobre la mesa exige algo más: reformas que curen la causa del dolor. Sin ellas, cualquier alivio será, en el mejor de los casos, temporal, y la próxima sorpresa externa podrá volver a traer turbulencia.
