Con el Mundial 2026 a plena marcha en Estados Unidos, Canadá y México, el debate sobre el rol de la FIFA estalló desde adentro. Philipp Lahm, el exlateral del Bayern Munich que levantó el trofeo en Brasil 2014, sintetizó la molestia de parte del mundo del fútbol con una frase directa: "El Mundial se ha vendido."

La crítica apunta a Gianni Infantino, el dirigente suizo-italiano que preside la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) desde 2016. Lahm cuestionó la presencia constante de Infantino junto a Donald Trump durante el torneo, algo que, a su juicio, compromete la independencia del organismo y afecta la credibilidad del fútbol a nivel global. Para el excapitán alemán, mezclar la gestión deportiva con la política de uno de los países anfitriones es una señal de cómo la FIFA ha priorizado lo comercial sobre lo institucional.

Además del asunto político, Lahm apuntó a la gestión comercial del organismo. Denunció la falta de transparencia en la venta de entradas para este Mundial, cuyos precios y distribución generaron reclamos de hinchas de distintos continentes, y sumó al listado el crecimiento del calendario de competencias internacionales, que acumula partidos sin dar respiro a los jugadores de elite.

Con todo, Lahm no rechaza el proyecto deportivo completo. El exdefensor respaldó la ampliación del torneo a 48 selecciones, el formato que se estrena precisamente en Norteamérica y que permite a más naciones acceder por primera vez a la Copa del Mundo.

La tensión entre Infantino y los sectores críticos del fútbol europeo lleva años en aumento. El estilo de conducción del dirigente suizo-italiano, señalado por sus vínculos con jefes de Estado de distintas regiones, tomó una dimensión concreta con el torneo de 2026: el presidente de los Estados Unidos no solo es el jefe de gobierno de uno de los países anfitriones, sino que ha utilizado el Mundial como plataforma política, algo que figuras como Lahm ya no están dispuestas a callar.