En el retiro del bloque republicano de la Cámara de Representantes en Doral, Florida, el martes, Mike Johnson, presidente de esa cámara, declinó condenar públicamente comentarios islamófobos proferidos por dos congresistas republicanos y dijo que se había limitado a hablar con ellos sobre el "tono" de sus declaraciones.
Johnson afirmó que existe «mucha energía en el país» alrededor de la preocupación por la supuesta demanda de imponer la ley islámica, la sharia, en Estados Unidos, pero no identificó a quiénes se refería ni presentó pruebas de que haya partidos o grupos organizados que busquen ese objetivo, y añadió que ese supuesto proyecto sería «contrario a la Constitución de EE.UU.». Su respuesta se produjo cuando periodistas le pidieron mayor sanción disciplinaria contra los involucrados.
Las críticas apuntan a dos miembros del Congreso: Andy Ogles, congresista por Tennessee, y Randy Fine, congresista por Florida. Ogles publicó el lunes en redes sociales que "los musulmanes no pertenecen a la sociedad estadounidense" y pidió la deportación de Zohran Mamdani, a quien identificó como musulmán y ciudadano naturalizado de Estados Unidos. Randy Fine ha formulado en semanas recientes una serie de comentarios islamófobos, entre ellos comparar a musulmanes con perros en un mensaje que fue considerado profundamente ofensivo.
Hakeem Jeffries, líder de la minoría demócrata en la Cámara de Representantes de EE.UU., reaccionó con dureza y pidió a Johnson que sancione a Fine. Jeffries calificó a Ogles como "un payaso maligno" y dijo que «los islamófobos repugnantes como tú no pertenecen al Congreso ni a la sociedad civilizada», anunciando además que los demócratas buscarán derrotarlos en las elecciones de noviembre.
El episodio pone el foco sobre la tolerancia religiosa y el discurso público dentro del Partido Republicano en un año electoral clave. Para analistas estadounidenses, la respuesta tibia de Johnson refleja la tensión entre la necesidad de contener un discurso extremo y la dependencia de la dirigencia de su bancada en el apoyo de sectores más radicales del electorado republicano.
Desde una perspectiva geopolítica, la normalización de discursos anti‑musulmanes en la primera potencia mundial afecta la agenda internacional sobre derechos religiosos y anti‑discriminación, y complica la cooperación con países y organizaciones que monitorean intolerancia y crímenes de odio.
Para Chile y América Latina, el impacto es indirecto pero real. La influencia cultural y política de Estados Unidos suele trasladarse a la región: una mayor impunidad verbal hacia la islamofobia puede legitimar narrativas xenófobas y reforzar a grupos populistas locales que compiten por la opinión pública con propuestas de seguridad e identidad. Además, afecta a comunidades musulmanas latinoamericanas y a la percepción sobre políticas migratorias y de integración.
Quedan por ver pasos concretos: si Johnson moderará su mensaje, si la Cámara impone sanciones formales a Ogles o Fine, y cómo las fuerzas políticas americanas administrarán este debate antes de las elecciones de mitad de periodo. Mientras tanto, la controversia vuelve a colocar en debate el límite entre libertad de expresión y discurso de odio en el corazón del Capitolio.

