El presidente de Estados Unidos instruyó a su Gobierno a iniciar la identificación y divulgación de documentos relacionados con “vida extraterrestre”, fenómenos aéreos no identificados (FANI) y objetos voladores no identificados (OVNI). El anuncio fue publicado en su red social y extendió la orden a “cualquier otra información relacionada”. En el mismo contexto, el ex presidente Barack Obama —quien gobernó EE. UU. entre 2009 y 2017— dijo recientemente en un podcast que cree que “son reales, pero yo no los he visto”.
El lenguaje de la instrucción menciona al “secretario de Guerra” y a Pete Hegseth. Hegseth es una figura mediática y conservadora en EE. UU., conocido por su trabajo como presentador, no por ocupar de forma estable el cargo de jefe del Departamento de Defensa. La referencia resulta atípica porque la coordinación de esta materia recaería normalmente en el Departamento de Defensa de EE. UU. y en oficinas de inteligencia, que en los últimos años ya publicaron informes preliminares y crearon unidades para estudiar fenómenos aéreos no identificados.
Desde el punto de vista geopolítico, el tema mezcla transparencia pública y seguridad nacional. Los gobiernos enfrentan la tensión entre desclasificar información por interés público y proteger fuentes, métodos y capacidades sensibles, además de mantener acuerdos de intercambio de inteligencia con aliados. En 2021 la comunidad de inteligencia estadounidense ya liberó evaluaciones preliminares sobre encuentros aéreos no identificados, y el proceso técnico de revisión y desclasificación suele tomar semanas o meses.
Las reacciones son previsibles y diversas. Defensores de la transparencia y parte de la comunidad científica darán la bienvenida a la divulgación, esperando datos replicables y registros de sensores. Oficiales de defensa y agencias de inteligencia advertirán sobre riesgos para operaciones y capacidades tecnológicas. Al mismo tiempo, la medida alimentará a sectores conspiracionistas que exigen pruebas contundentes. El propio presidente criticó a Obama por “revelar información clasificada”, subrayando el choque entre interés público y control institucional.
¿Qué implica esto para Chile y Latinoamérica? A corto plazo, el impacto operativo será limitado, pero la medida tiene tres efectos relevantes para la región. Primero, puede impulsar la cooperación en materia de seguridad aérea y compartir registros de radar y satélites entre aliados, lo que afecta la supervisión del espacio aéreo regional. En Chile, la Dirección General de Aeronáutica Civil (DGAC), que regula la aviación civil, y el Ministerio de Defensa Nacional podrían verse llamados a revisar protocolos de reporte y coordinación con fuentes extranjeras.
Segundo, puede abrir oportunidades para la investigación científica internacional. Chile alberga grandes observatorios astronómicos y centros de investigación; acceso a datos desclasificados podría interesar a científicos locales, pero eso dependerá de qué tipo de información se libere y de las restricciones de seguridad.
Tercero, la discusión alimentará el debate público sobre transparencia y confianza en las instituciones, un tema sensible en varios países de la región. La medida de EE. UU. servirá de espejo sobre cómo equilibrar el derecho a saber con necesidades de defensa, algo que gobiernos latinoamericanos enfrentan en sus propias áreas de inteligencia y seguridad.
En resumen, la orden presidencial marca un paso hacia mayor divulgación en un asunto de alto interés público, pero el valor real dependerá del contenido desclasificado y del tiempo que tomen las agencias en revisar documentos clave. Por ahora, hay más preguntas que respuestas, y la región deberá seguir de cerca cómo se gestionan los datos y la cooperación internacional.
