La última Gala del Festival de Viña del Mar dejó, además del brillo habitual, una apuesta clara por la recirculación de la moda: cinco vestidos que desfilaron en la alfombra fueron puestos a disposición para una “segunda vida” como parte de una iniciativa impulsada por Paris, la marca que acompañó a las figuras en la pasarela.
Las piezas que ahora se recirculan mezclan alta costura, vintage y confección local. Kika Silva, modelo y rostro televisivo chileno, lució un vestido de la casa inglesa Jenny Packham, en tono palo de rosa pálido con matices dorados, cuya superficie fue trabajada con 4.000 lentejuelas cosidas a mano, un ejemplar artesanal de los que sólo existen dos. Javiera Díaz de Valdés, actriz y modelo chilena, llevó un vestido de seda del diseñador italiano Roberto Cavalli, con una aplicación metálica en forma de serpiente en la espalda; esa misma pieza ya había sido utilizada por la actriz chilena Leonor Varela en una edición anterior de la Gala, lo que pone en evidencia la voluntad de extender la vida útil de diseños de alto valor.
Daniela Ramírez, actriz chilena, optó por un smoking de terciopelo negro hecho a medida por el diseñador chileno Sergio Arias, acompañado por joyas originales de los años 20 y un prendedor art déco de Fernando Osorio, diseñador de joyas. Princesa Alba, cantante chilena, estrenó una creación a medida de Diego Cajas, diseñador chileno radicado en Nueva York, una obra en gasa que combina silueta fluida y una espalda de corsetería expuesta, con intervenciones en fieltro, cabello y encaje que remiten al paisaje de los humedales chilenos. La animadora del Festival, Karen Doggenweiler, presentadora de televisión chilena, vistió un vestido halter blanco con plateado y pedrería de Ali Karoui, pieza que ya tuvo presencia en otras alfombras internacionales y que llegó a la Gala dentro de la misma propuesta de recirculación.
La iniciativa instala preguntas concretas sobre cómo se articula la “segunda vida”. Paris figura como impulsor visible, pero en el comunicado disponible no se detallan los mecanismos de disposición pública: no está claro si las piezas serán puestas a la venta, subastadas, donadas a organizaciones culturales o exhibidas en una muestra. Tampoco se han publicado aún declaraciones ampliadas de los organizadores o un calendario con fechas y lugares para ver estas piezas.
En términos culturales, la medida conecta varias claves: por un lado, visibiliza la sastrería y el oficio, al extender la historia de prendas de alta gama; por otro, incorpora el discurso de sostenibilidad que la moda chilena y latinoamericana vienen explorando en los últimos años. La yuxtaposición entre casas internacionales como Jenny Packham y Cavalli, y el trabajo de diseñadores chilenos como Sergio Arias y Diego Cajas, plantea además una lectura sobre identidad y escena local, donde los creadores nacionales dialogan con referentes globales sin perder su voz.
Esta decisión llega en un momento de alta atención sobre el Festival: como mostró un sondeo de Descifra y La Tercera, el 85% del público dice que verá Viña 2026, con expectación por nombres como Gloria Estefan y Mon Laferte. Que la Gala incorpore la recirculación como forma de exhibir glamour aporta una dimensión política a la alfombra roja, transformando consumo y espectáculo en conversación pública.
Quedan por conocer los detalles logísticos y los impactos concretos en términos de economía circular, audiencia y beneficiarios. Consultamos a Paris para precisar el destino de las piezas y actualizaremos la información cuando la empresa entregue respuestas. Por ahora, la Gala deja una imagen potente: el brillo cuidado para que la moda no se agote, sino que continúe contando historias.
