El Congreso peruano destituyó al presidente José Jerí y eligió al congresista José María Balcázar, de 83 años y del partido Perú Libre, como presidente interino, en una votación que lo mantendrá en el cargo hasta el 28 de julio de 2026, fecha prevista para la toma de posesión del ganador de las próximas elecciones.

La salida de Jerí es el último capítulo de una década de alta rotación en el Ejecutivo en Lima: Perú llegará a tener su octavo presidente en diez años, un indicador de desgaste institucional que tensiona la credibilidad del poder presidencial. Pese a ese cuadro político convulso, analistas locales destacan que indicadores macroeconómicos y la operatividad de instituciones clave no se han desplomado, lo que configura una paradoja entre crisis política y estabilidad económica.

Antes de la elección de Balcázar hubo una intensa negociación parlamentaria. Entre los nombres que circularon estuvieron María del Carmen Alva, de Acción Popular, que es una congresista de centro derecha; Héctor Acuña, del partido Honor y Democracia; Edgar Reymundo, identificado con el centroizquierda; y el propio José Balcázar, de Perú Libre, la fuerza de orientación más izquierdista. Ninguna lista obtuvo una mayoría clara en la primera ronda, y la dinámica posterior fue la clásica búsqueda de acuerdos por cargos y ministerios para asegurar respaldos.

En el plano institucional, el procedimiento mostró el rol decisivo del Congreso como árbitro del Ejecutivo. El presidente del Congreso en funciones, Fernando Rospigliosi, figura que en el sistema peruano actúa como jefe legislativo y, en casos de interinidad, puede asumir temporalmente el Ejecutivo, había sido señalado como alternativa si no prosperaban acuerdos. Finalmente, la elección de Balcázar cerró esa vía y puso fin a la escena inmediata de la crisis.

Reacciones políticas y económicas seguirán siendo clave en las próximas semanas. Partidos y bloques parlamentarios buscarán consolidar mayorías o aislar a rivales antes de las elecciones, mientras los mercados y socios comerciales monitorean la evolución por el posible efecto sobre la inversión y la confianza.

Qué importa para Chile y la región. La inestabilidad en Perú tiene efectos directos en comercio, movilidad fronteriza y proyectos binacionales. Perú es un socio clave en exportaciones mineras y agroindustriales en la región, y cualquier tensión prolongada puede alterar flujos portuarios y cadenas de suministro que pasan por puertos del norte chileno. Además, cambios bruscos en la política migratoria o un aumento de desplazamientos afectaría a las regiones fronterizas del norte de Chile, que ya gestionan presión sobre servicios públicos y coordinación aduanera. Finalmente, la situación política peruana puede reconfigurar alianzas regionales y debates sobre gobernabilidad y institucionalidad que interesan a los gobiernos latinoamericanos.

A corto plazo, la clave estará en que el interinato asegure condiciones para unas elecciones ordenadas y en la reacción de los mercados. Para Chile, conviene seguir de cerca las decisiones sobre comercio transfronterizo, seguridad fronteriza y continuidad de inversiones en proyectos compartidos.