Natalia Valdebenito recuerda su paso por el Festival de la Canción de Viña del Mar, el miércoles 24 de febrero de 2012, como un punto de inflexión en su carrera y en la presencia de las mujeres en el humor masivo chileno. En la Quinta Vergara compartió cartel con Alejandro Sanz, cantautor español, y Luis Jara, cantante chileno, y llevó a escena material que venía desarrollando hace meses.
La comediante, de formación actoral y referente del circuito nacional, llegó al festival con un espectáculo que había probado en salas: Gritona. Ese trabajo le permitió concentrarse en la escritura y en la entrega, más que en la expectativa mediática. Valdebenito cuenta que la preparación fue de "alto rendimiento", con entrenamiento físico y estudio interior, y que esa disciplina permitió que la rutina se sostuviera ante la incertidumbre del escenario viñamarino.
Esa incertidumbre es parte del mito del "monstruo", la figura que popularmente representa a la audiencia de la Quinta Vergara, capaz de aplaudir o devorar a los artistas. Pero su experiencia fue distinta. Para ella, el hecho de plantar una voz femenina en ese espacio tuvo una dimensión que sobrepasa la comedia: "Tener a una mujer hablando con 15 mil personas calladas fue absolutamente político", dice, y sitúa ahí la carga simbólica de su show más allá del chiste.
El gesto de Valdebenito se inscribe en un festival que hasta entonces arrastraba cuestionamientos por sesgos de género, y en un país donde la presencia femenina en espacios masivos de entretenimiento suele medirse con lupa. La comediante evita presentarse como un hito aislado, pero reconoce que su rutina abrió un pequeño resquicio en una tradición que no siempre ha considerado la voz de las humoristas.
Hoy, diez años después, esa Quinta Vergara sigue siendo un escenario de disputa cultural. La edición reciente del festival ha vuelto a poner en el centro debates sobre programación, representación y significado simbólico, desde homenajes a figuras de la música latinoamericana hasta críticas por horarios y formatos. En ese mapa, la actuación de Valdebenito funciona como recuerdo de que el humor puede ser una forma de presencia política cuando cambia las reglas del público y del poder simbólico.
Más allá del anecdotario, la reflexión de Valdebenito propone una lectura: el humor no es solo entretenimiento, es conversación pública, y quien ocupa un micrófono frente a decenas de miles de personas participa en la construcción de lo que una sociedad acepta reírse o dejar de tolerar. La pregunta que deja su memoria a diez años es si la escena nacional ha aprendido a escuchar otras voces con la misma atención que aquella noche en Viña, o si queda todavía camino por recorrer.