Pasadas las 02:00 de la madrugada en la Quinta Vergara, el grupo colombiano Bomba Estéreo tomó la franja final de la segunda noche del Festival de Viña del Mar y montó un espectáculo pensado para la madrugada, pese a que buena parte del público ya había abandonado las tribunas.
La escenografía fue lo primero que llamó la atención: hongos inflables que se llenaron durante la tanda comercial y un jardín de plantas ornamentales que transformó el escenario en una suerte de cordillera tropical artificial. La cantante Li Saumet, con una entrada que incluyó quemar una rama, pareció actuar como figura ritual que anunciaba el pulso del show.
Musicalmente, la banda mantuvo su mezcla de sabor caribeño, electrónica y percusiones étnicas. La percusión, a cargo de Pacho Carnaval, y las bases electrónicas trabajadas por José Castillo sostuvieron la estructura sobre la que Saumet cantó temas como Fuego, Me Duele, Somos dos y To my love. El ritmo fue la prioridad, con pocos respiros, acorde con la hora y con un público que, los más entusiastas, respondió sobre todo a los momentos más bailable.
En la mitad del set, Bomba Estéreo invitó a la rapera chilena Flor de Rap, quien aportó un flow callejero y dio nueva energía a la versión de Soy yo. La interacción con el público incluyó que Saumet descendiera a los palcos para acercarse a quienes se mantuvieron hasta la madrugada.
El grupo cerró con su repertorio conocido y recibió en una ceremonia corta las Gaviotas de plata y oro, premios tradicionales del festival. Aun así, la Quinta estuvo más vacía que en otras noches, algo que otros cierres tardíos del certamen ya habían puesto en el centro del debate.
Como registramos en la cobertura de la noche anterior, el cierre con Matteo Bocelli, el cantante italiano, también se extendió tarde, lo que reavivó las críticas hacia la programación y el horario de los artistas en Viña del Mar. La actuación de Bomba Estéreo, entonces, dejó dos impresiones: por un lado, una propuesta visual y rítmica que conectó con la herencia tropical y la estética psicodélica latinoamericana; por otro, la evidencia de que la energía del festival se diluye cuando la programación se estira hasta la madrugada.
En términos culturales, la presencia de una banda colombiana con raíces en la cumbia, la electrónica y la psicodelia reafirma la afinidad entre públicos chilenos y propuestas caribeñas contemporáneas. Queda la imagen de una noche que, aunque parcialmente desierta, se cerró con baile, color y un gesto de reconocimiento institucional para los artistas.