La ruptura entre José Antonio Kast, presidente electo, y Gabriel Boric, presidente en ejercicio, se consumó este martes en La Moneda tras una reunión privada que no superó los 25 minutos y versiones encontradas sobre una llamada del 18 de febrero.
Esa discrepancia, centrada en un proyecto de cable submarino con la empresa China Mobile y supuestas advertencias de Estados Unidos, precipitó la decisión de Kast de dar por terminado el intercambio formal de antecedentes y suspender las bilaterales previstas. Dos horas y media después de la cita, el presidente electo oficializó la paralización del traspaso y ordenó a la Oficina del Presidente Electo (OPE) suspender reuniones con el gobierno saliente.
Para materializar la revisión, Kast constituyó una "fuerza de tarea administrativa" encabezada por Claudio Alvarado, político chileno, y Alejandro Irarrázaval, asesor del presidente electo. El equipo recibió la instrucción de intensificar la fiscalización a La Moneda y a instancias administrativas, y de preparar una auditoría exhaustiva de la gestión en los últimos meses del gobierno.
La medida no surge de la nada. Durante la campaña, Kast anunció su intención de revisar la gestión pública, con foco en eventuales irregularidades y en decisiones administrativas de la recta final. Lo que cambió ahora fue el calendario y la forma: la auditoría deja de ser una promesa de campaña para convertirse en una acción administrativa inmediata, y lo hace en un contexto de alta tensión entre el Ejecutivo saliente y entrante.
Políticamente, la jugada busca dos objetivos claros. Por un lado, consolidar a la coalición de derecha detrás de un relato de falta de información, y por otro, dar argumentos jurídicos y mediáticos para cuestionar decisiones del gobierno de Boric. Quienes ganan son los liderazgos que pueden articular la fiscalización como herramienta política; quienes pierden son, por ahora, la continuidad administrativa y la percepción de normalidad institucional.
La reacción en el Congreso fue inmediata y dividida. Parlamentarios oficialistas pidieron explicaciones y llamaron a no obstaculizar la transición de funciones públicas esenciales, mientras que legisladores de oposición calificaron la medida como un episodio inédito desde el retorno a la democracia y anticiparon solicitud de antecedentes y posibles citaciones a ministros.
Para la ciudadanía esto tiene efectos concretos y riesgos claros. La suspensión del traspaso puede retrasar la entrega de información clave para la continuidad de servicios públicos, programas sociales y operaciones administrativas. Además, la polarización en torno a la auditoría puede convertir revisiones técnicas en batallas políticas, lo que complica la transparencia real y la rendición de cuentas.
En ese contexto, la encuesta Cadem muestra un panorama politizado: la aprobación de Gabriel Boric se ubicó en 37% y hay división ciudadana sobre la relación estratégica con China, según registros recientes. Esa fractura pública alimenta la narrativa que Kast busca instalar.
El próximo paso será la forma y alcance de la auditoría: si se limita a inventarios y decretos, o si incluye indagaciones administrativas con implicancias legales. También será clave la actitud del Estado mayor burocrático y del aparato judicial frente a eventuales solicitudes de acceso a documentos. A corto plazo, la ruptura endurece la relación entre dos administraciones y marca la primera etapa de una Presidencia que apuesta por fiscalizar de forma pública y rápida lo que considera una falta de información.
