Una red de máquinas instaladas por la empresa Lovere en Hangzhou, China, permite que los vecinos escaneen un código, depositen botellas y otros residuos, y reciban un pago inmediato; el proyecto inició en julio de 2024 con un piloto en el distrito de Xihu. Desde entonces, Lovere ha colocado 870 unidades en casi 400 comunidades residenciales en Xihu y afirma que los usuarios reciben 0,8 yuanes por acción al introducir botellas, además de un pago aproximado de 0,6 yuanes por kilo cuando el aparato pesa automáticamente los materiales.

La tecnología acepta plástico, cartón, ropa usada y envases de comida para llevar. Sensores internos avisan cuando los contenedores están llenos y un centro de clasificación automatizado separa los materiales para su venta. Según la empresa, la precisión en la clasificación alcanzó 98,5%, y el volumen mensual promedio de reciclaje es de 1.000 toneladas en las zonas con máquinas instaladas.

A mayor escala, Lovere ha desplegado más de 50.000 contenedores en 38 ciudades chinas, con 30 millones de usuarios y un total reciclado que la compañía cifra en 2 millones de toneladas. En el distrito de Xihu, los residentes usaron los contenedores 2,58 millones de veces y recibieron 4,2 millones de yuanes en pagos. En paralelo, la plataforma de comercio de segunda mano Xianyu reportó picos de hasta 7 millones de artículos usados publicados al día en 2025, lo que impulsa la reutilización.

Entre abril de 2024 y marzo de 2025, los usuarios de estas dinámicas habrían reducido emisiones en 11,8 millones de toneladas de CO2, según los datos citados por medios chinos, equivalente al consumo anual de electricidad de 7,4 millones de hogares. La Asociación de Economía Circular de China, que agrupa a distintos actores del sector, estima que la lógica del reciclaje y la reutilización explicó cerca del 30% de la reducción de carbono del país entre 2021 y 2025, y proyecta que esa proporción suba al 35% para 2030.

Estas iniciativas combinan incentivos económicos con digitalización, y muestran cómo la política industrial china integra tecnologías de pago móvil, sensores y centros de clasificación automatizados para convertir residuos en flujos comerciales. A la vez, generan interrogantes sobre privacidad de datos, dependencia en plataformas privadas y el impacto sobre recicladores informales cuya fuente de ingreso podría verse modificada; estos riesgos no están detallados en los informes oficiales disponibles.

¿Qué implica esto para Chile y América Latina? Por un lado, el modelo subraya que incentivos económicos directos y soluciones tecnológicas pueden elevar rápidamente las tasas de separación y recolección, una lección útil para municipios chilenos que enfrentan bajos índices de reciclaje. También plantea oportunidades de colaboración tecnológica y de inversión en cadenas de valorización de residuos, especialmente para empresas que buscan materias primas secundarias. Por otro lado, la escala china demuestra cómo la política industrial y las plataformas privadas pueden transformar mercados internos de desechos, lo que puede afectar la demanda global de plásticos y materiales reciclables y, en consecuencia, a exportadores y fabricantes en la región.

La experiencia china seguirá acumulando datos en los próximos años: indicadores de eficacia, equidad social y sostenibilidad económica serán claves para evaluar si el modelo es transferible a contextos latinoamericanos con menor infraestructura digital y mercados de segunda mano menos consolidados. Para Chile, la decisión será si adoptar componentes tecnológicos de ese modelo, adaptarlos a la institucionalidad local, o priorizar sistemas que protejan empleos informales mientras se impulsa la economía circular.