En Chile, la hidratación sigue tratándose como una recomendación general —“tomar 6 a 8 vasos de agua al día”— que no logra capturar la complejidad del problema en el ámbito laboral. En la práctica, los requerimientos hídricos dependen de múltiples variables: tipo de faena, carga física, edad, género y estacionalidad.
Un trabajador expuesto a altas temperaturas, como en minería o construcción, puede requerir varios litros adicionales al día, mientras que en labores “indoor” el riesgo pasa más desapercibido, pero no por eso es menor. La evidencia muestra que una deshidratación de apenas 1–2% del peso corporal es suficiente para generar alteraciones en la función cognitiva, afectando atención, precisión y coordinación motora.
Esto transforma a la hidratación en un factor de riesgo transversal. En sectores como el transporte o la minería, los errores pueden traducirse en eventos graves o fatales.
Sin embargo, también es relevante en ocupaciones de alta demanda cognitiva: un cirujano que transita entre pabellones, sin pausas adecuadas para hidratarse, podría enfrentar un mayor riesgo de error. A ello se suma la irritabilidad asociada a la deshidratación, con impacto en los ambientes laborales.
Las necesidades de agua no son homogéneas. Con la edad, la sensación de sed disminuye, lo que limita su utilidad como señal de alerta.